La Luna LLena

    Bajo la neblina luz del cielo oscuro que baña como un espejismo de tenebrosidad las calaveras de los más desafortunados. Júpiter brillaba con un lúcido resplandor sobre los aullidos de los lobos hambrientos. Sus feroces colmillos disfrazados de una blanca paz, engañaban a los forasteros, que exhaustos tocaban sus tierras. Entre colinas de bosque salvaje y tierras de húmedas arenas corrían animados los malévolos lobos en busca de un buen festín. A través de sus aullidos de relámpagos se relacionaban, siendo los únicos que se entendían... O tal vez eso es lo que ellos pensaban.

    En un árbol sumido por la pena, de raíces grotescas y cargantes de fama por su milenaria vida, se situaba resguardado, camuflado el más temido de los cazadores. Su audición altamente sensible le permitía reconocer, a una larga distancia, la aparición de un sanguinario lobo. Sus ojos dilatados por la oscuridad le aseguraban una visión privilegiada. Gracias a ellos, podía desenvolverse con soltura en la sombría noche. Su piel camaleónica le ayudaba a refugiarse invisible en cualquier lugar que escogiese. Él sabía que había nacido para ser cazador de hombres lobos.
    En las cercanías al árbol en el que se escondía, unas pisadas débiles se dejaron escuchar. Con el arco en su mano y su espada plateada sujeta en la cintura, decidió dejarse ver para olisquear el terreno. Un hombre desnudo, rasguñado por la fiera que llevaba dentro, esperaba cansado y con lágrimas en los ojos, respirando el dolor que mecía en su interior. Miró el cielo oscuro y la luna llena había sido tapada por las ramas de los árboles.
     -Por favor, líbrame de este sufrimiento -dijo al ver al hombre del arco.
     Él ni se inmutó. Hacía tiempo que no perseguía a los licántropos y nunca había aniquilado a uno en su estado humano.
     -No puedo... -le contestó.
     -¡Por qué! -gritó a la vez que costosamente se ponía en pie. Lentamente se acercó a él-. Acaso ¿no eres ese que controla que el reino de los humanos no sea devorado por los hombres lobos?
     -Sí, y ahora, eres uno de los míos.
     -No, es sólo apariencia en cuanto... -no pudo acabar la frase. Una ráfaga de viento húmedo apartó las ramas de los árboles y, en el cielo despejado, la luna brillaba con tanta intensidad que hizo efecto en el cuerpo del hombre. Empezó a arrancarse los pocos pelos que le quedaban en la cabeza, a chillar dolorosamente y su piel pasó a formar parte del increíble volumen, propias al de un licántropo.
     El hombre armado con el arco, sacó una de sus flechas plateadas que relucía por la luz que desprendía de la luna. Apuntó con atención, hacia el lobo que tenía secuestrado bajo su pelaje al humano que un día fue, y cuando éste se abalanzó contra él, amenazando con sus poderosas garras. Una flecha se escuchó rápida en el silencio y en su pecho fue clavada. En el momento, el licántropo calló al suelo muerto, volviéndose a quedar como el hombre desnudo que fue devorado por un lobo.
     El arquero se acercó al cuerpo fallido.
     -Ahora, ya no tendrás que sufrir -dijo agachándose con pena y sintiendo que tal vez podía escucharle.
  
     Los lobos aullaban a la luna llena porque intuían una nueva pérdida.



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