Tras la cacería

    Tras la noche, el amanecer se presentó cálido. El arquero, cazador de hombres lobos, ya había terminado su guardia. La defensa humana, una vez más, se encontraba protegida bajo sus flechas plateadas. Como un alma vagabunda buscando la salida hacia ninguna parte, entró al pueblo limpiando su arco bañado en sangre. Los habitantes y, muchos otros de otros lugares, le conocían como el salvador de licántropos. Él, en cambio, se describía como una persona sin alma que arrebata otras que estaban maldecidas. En realidad muchos hablaban sobre él, pero nadie realmente le conocía.

    Abrió la puerta de una antigua casa, se cedió el paso y la cerró a su espalda con un pequeño portazo. A pesar de no haber dormido durante toda la noche de cacería, no tenía sueño. No podía quitarse de la cabeza lo que había visto. Había sido la primera vez que sus ojos presenciaban a un hombre lobo convertido en humano. Cómo iba a conciliar el sueño si no se podía quitarse de la cabeza los ojos de ese muchacho, tan joven. Podía tener toda una vida por delante. Sin embargo le arrebataron su alma. Por mucho que se mentalizase de que lo que hacía estaba bien, sólo se atormentaba por haber elegido hacerlo. Pero no le quedaba otra opción, toda la población que habita en el pueblo son indefensos y nunca han utilizado un arma. A él, el ejército le había ayudado a defenderse si una catástrofe mayor sucediera. Y aunque nadie pensó que una cosa así podría suceder... pasó. Muy pocos se han librado de sus ataques y cada vez son menos los que pueden contarlo. Se están extendiendo como plagas. Por todo el globo terráqueo, sin que haya nadie que los pare. Por lo menos, él podía poner orden en su pequeño pueblo. Pero ¿Qué pasará cuando sean muchos los que ataquen?

    Andó unos pasos y se sentó en un sillón que había cerca. Tenía unas sábanas sucias como abrigo y del polvo no se distinguía su color. Una vez cómodo, levantó la mano y la llevó hacia una pequeña mesilla que tenía a su lado. En ella había una lata de cerveza abierta que se propuso acabar. Frente a él, una ventana desnuda dibujaba el paisaje de un bosque. Fijamente lo miró. Un momento de lucidez apareció y observó que bajo ella había un collar de plata descansando en el suelo. Con esfuerzo se acercó y lo cogió. Entre las anillas que lo formaban, una placa mostraba una información que ya no conocía. Un nombre olvidado y una imagen borrosa. En él aparecía la foto de un chico rubio, de ojos marrones y piel morena. A su lado hacía referencia un nombre: Damon. Entonces, miró a su izquierda y un espejo reflejaba en quién se había convertido. Un hombre rapado, con ojeras y sin apenas una sonrisa en sus labios. Así que soltó el collar, dejándolo caer. Luego se volvió a sentar en el sillón, bebió un trago más de cerveza y con mirada de rencor miró el colgante. Hacía tiempo que esa persona había desaparecido.
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