Un Ser Diferente

    La puerta de la casa se abrió con esmero y rabia. Un fuerte golpe se escuchó. Damon había empujado hacia el interior a la vampira. Estaba totalmente cabreado por haberle estropeado la cacería. Las reglas eran claras, nadie tenía que interponerse en su camino y menos una criatura como ella. No entendía por qué le salvó. Desde hacía millones de siglos los licántropos y los vampiros eran enemigos. Más le valía tener una buena explicación, porque sino, su vida pendería de un hilo.
     La chica dolorida por el duro golpe no se podía levantar del suelo. Damon se acercó a ella, se agachó y la levantó por el brazo. La llevó hasta su sillón y la soltó como si un saco de basura se tratase.
    -Ahora quiero que me expliques por qué no me dejaste matarlo -propuso él furioso.
    -Antes eran personas y... -la chica no pudo terminar su frase.
    -¡Antes sí, ahora no son más que bestias que matan a personas inocentes! ¡Son monstruos! -su mirada viajaba a una velocidad tremendamente fuera de sí-. ¡En este mundo quiénes son así, deben morir!
    -¡¿Por qué dices que son monstruos?! -la vampira estaba empezando a perder la paciencia.
    -Matan a personas, ¿no lo entiendes?
    -Y tú, ¿eres un monstruo? Querías matar a un ser inocente que en ningún momento tenía intención de meterse en tu pueblo y aniquilar a nadie -entonces se levantó ofendida-. ¿En qué lugar te deja eso? -se posicionó cerca de él y no le quitó la mirada de sus ojos.
    -Estás loca... Podría matarte, ahora mismo -dijo acercándose aún más a ella.
    -¿Y por qué no lo haces?
    El silencio formó parte en la conversación por unos segundos, pero pronto fue destronado.
    -Los vampiros no son mis enemigos. Se supone que son mis aliados, detestan a los hombres lobos y desde hace siglos luchan con el mismo fin que yo -explicó volteándose para coger aire.
    -¿Eso crees? ¿Ves necesario vivir de esta forma, cuando se puede convivir pacíficamente? -preguntó la vampira dejando poco tiempo a la reflexión.
   -¡Son monstruos! ¡¿No lo entiendes?! -gritó aún más alterado.
   -¡Y yo también lo soy! -exclamó con enfado-. Y tú... también.
   Se acercó a ella y con labios llenos de ira especuló un extraño avistamiento.
   -¿Hasta dónde quieres llegar?
   -Ven, tengo que enseñarte algo -dijo, yendo hacia la puerta e invitándole a salir.
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