• ¡Bienvenidos aventureros!

       Las gotas de agua caían con mucha más velocidad desde el cielo asustado. Parecía que lloraban por algún tema en especial que los demás desconocían. Damon y Míara se encontraban acorralados por unos hombres que vestían semidesnudos y cuyas pieles se adornaban de un barro rojo con unas características muy especiales. En sus manos poseían largas lanzaderas, de donde salían con gran agilidad unas pequeñas agujas que ni los dioses sabrían qué contendrían en sus entrañas. Ambos, levantaron las manos como señal indefensa. No querían más problemas. Los indiscutibles aborígenes se acercaron y les ataron las manos. Unos marcaron el camino hacia un lugar desconocido y otros vigilaban que sus nuevas presas no escapasen.

       Tras unos cuantos minutos de recorrido, Damon y Míara quedaron impresionados al descubrir toda una población de aborígenes que vivían en casas de maderas, construidas sobre las lomas de los árboles. La expresión de Damon era de auténtica sorpresa, mientras que la vampira miraba a los captores con una mirada propia de saber quiénes eran.
       Caminaron unos metros más y el grupo se paró cerca de una estructura de madera, muy amplia y a bastantes metros de altura. Damon pudo calcular que serían unos tres metros de altitud. La población indígena asomó las cabezas y salieron al exterior. Alborotados por la nueva visita, algunos cogieron unos instrumentos muy parecidos a un tambor y emprendieron una alarmante melodía. Otros empezaron a bailar de una forma claramente extraña. Damon y Míara se miraron fijamente. De pronto, en la enorme plataforma, se dejó ver un hombre mayor que sujetaba un gran bastón de madera. En su rostro figuraba una impresionante y colorida máscara trivial. Pocos segundos más tarde, levantó las manos y fue la orden necesaria para que el alboroto parase. Su voz iba a ser escuchada. Miró, entre los agujeros que vestían los ojos de la máscara, a sus nuevos forasteros. En un precario intervalo de tiempo, se la quitó para dejar al descubierto su rostro. Una cicatriz gigante desfiguraba su cara desde una esquina al otro extremo y un pelo blanco a la altura de la cintura, cayó al no estar sujeto dentro de su coraza protectora. Unos pasos dio con la ayuda de su bastón y Damon se fijó que en él, unos ojos muy peculiares colgaban como trofeos. Parecían ojos de licántropos.
       -¡Bienvenidos aventureros! -exclamó levantando las manos hacia el cielo lluvioso. Los demás de la tribu empezaron a gritar de emoción.
       Damon y Míara se miraron cómplices. Luego volvieron atrás sus miradas.
       -Nuestros dioses nos han bendecido... Nos han traído lo que queríamos, hermanos -comentó con gran elevación. Cuando los demás tornaron una pausa, él miró de nuevo a sus esclavos-. ¿Estáis preparados para servirles? -al finalizar sonrió con una gran devoción entre la multitud.
       Damon dirigió una pregunta en lo bajo a Míara.
       -¿A qué se refiere este chiflado?
       -Damon... Es una tribu caníbal e invocan a la magia negra -expuso con mirada asustada.
       -¡¿Qué?! - Damon quedó con una expresión petrificada. Por primera vez en su vida, su corazón se disparaba a una velocidad indecente ante el temor que sentía.
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