El Establo Abandonado

    Llevaban horas caminando entre la naturaleza salvaje y los aullidos de los incansables hombres lobo que resoplaban en cada brisa fresca que amainaba la pausa de las hojas de los árboles. Damon no sabía cuál era la causa por la que decidió hacer caso a la vampira y arriesgarse en introducirse en el profundo bosque, para ver aquello que con tanto ímpetu quería mostrarle. La noche se encontraba tan dormida que las estrellas parecían que no querían alumbrar para no despertar al cosmos. Damon no dejaba de pensar en lo que estaba sucediendo y miraba con recelo a la vampira. Nunca antes había visto a una y, menos aún, una que expulsara honestidad en su mirada. En el resoplo de un nuevo suspiro, la vampira paró sus pasos ante una enorme cabaña de madera. Estaba descuidada y parecía muy antigua. Él se colocó a su lado con intenciones de interrogarla.
    -¿Qué es este lugar?
    -Es un establo. Aquí vengo todas las noches -confesó ella.
    -¿Y por qué vienes hasta aquí? -preguntó desconcertado. La miró con una extraña sensación como si supiese que iba a escuchar algo que no le era de su agrado.
    -Ven, voy a enseñártelo -dijo, haciéndole una mueca con la cabeza.
    La vampira se acercó a las enormes puertas de madera vieja que estaban atadas con unas durísimas cadenas de hierro, reforzadas con varios candados grotescos. Sacó de uno de sus bolsillos un pequeño llavero con unas cuentas llaves oxidadas y abrió las cerraduras. Cuando finalizó, miró a Damon. Después de unos segundos de vacilación, se atrevió a descubrir lo que había tras ellas.
    Un ruido sordo se arrastró tras la apertura de la puerta envejecida. Un inmenso vacío oscuro se avecinó en un primer momento. Luego, el fino velaje del viento se acompañó de un sonido que ya antes había escuchado Damon. Desde la oscuridad, unos gigantescos licántropos se acercaron con rapidez hacia él. Sacó su arma y cuando les fue a apuntar con ella, unas potentes cadenas de hierro detuvieron las zancadas de los hombres lobos, tirando con fuerza del collar de protección que ataban sus cuellos. Sólo unos metros les separaban de sus presas.
    -¡Qué es esto! -exclamó cabreado, dirigiendo su mirada a la vampira.
    -Tú ves bestias, monstruos. En cambio yo veo a personas hechizadas por aquellos que les interesan que sean así -respondió, intentando ser correspondida.
   -Estás loca.
   -Yo no soy quién va por ahí matando a seres inocentes -expuso desafiante.
   Damon la cogió por el brazo y bastante furioso la acercó mucho hacia él.
   -Dame una sola razón para que no mate en este momento a tus animalitos. Y otra para que no te mate a ti -sus mirada desbordaba emociones difíciles de controlar.
   -Existe cura... -sus ojos se abrieron ilusionados-. Y yo soy la única que puede llevarte hasta ese lugar.
   -¿Y quién ha dicho que yo quiera curarles? -preguntó soltándole el brazo y apartándola de la trayectoria de su arco hacia la cabeza de unos de los licántropos.
   -Porque en el lugar que está, también se encuentra aquello que llevas buscando toda tu vida.
   Damon bajó el arma y la miró confuso.
   -¿A qué te refieres?
   -Tú, ya lo sabes...
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