Traidores

   Míara observaba al anciano con temor pues sabía perfectamente de lo que hablaba. Hubo una época, hacía ya muchos siglos, en los que los vampiros elaboraron un tratado con los humanos para ser ambas razas las únicas reinantes en la Tierra. Gracias a los apoyos mutuos que recibían, consiguieron mantener al límite la acción de los licántropos. Llevaron a cabo millones de torturas, esclavitud y otras indecentes circunstancias que nunca se tuvieron constancia. En el Tratado figuraba con amplia transparencia que todos aquellos que se opusiesen al escrito, debían sufrir las mismas consecuencias que la raza licántropa. No había tregua para aquellos que querían ayudar en que la existencia de todos los que existían viviesen en paz, en un mundo capaz de acogernos a todos.
   -Quiero que sepan queridos amigos que lo que va a suceder a continuación, no es porque tenga ningún problema con ustedes -se quedó reflexivo unos segundos y prosiguió-. Más bien, acato las leyes -El anciano fue hacia Damon y le dio una patada a la silla en la que estaba sentado. Calló al suelo con mucha agresividad.
   El hombre miró a la niña y le hizo un gesto, ésta dejó de apuntar a la vampira y se dirigió hacia una mesa para coger unas tijeras. Se la entregó enseguida a su jefe. Él cogió la camisa de Damon por la apertura de la cabeza y empezó a cortarla hasta conseguir dejarla en dos mitades.
   -¡Qué es lo que estás haciendo viejo loco! -exclamó Damon con ira.
   El anciano le golpeó la cara, haciéndole una pequeña brecha en la ceja.
   -Ya te dije las reglas antes, parece que no sabes escuchar -le comentó con palabras cargadas de rabia.
   La niña había vuelto a apuntar a Míara con el arma. Su mirada parecía ida. No dejaba de mirarla directamente a los ojos. Unos bastonazos empezaron a escucharse. El anciano entregaba toda su fuerza para herir a su prisionero. Míara no sabía cómo parar la situación.
   -Por favor, preciosa... Ayúdame -intento persuadir a la niña. Ésta la miraba sin apartar la pistola-. Nada de esto tiene que pasar. Por favor, si me ayudas, yo también te ayudaré a ti.
   La niña se acercó más a ella y le puso el arma en la frente.
   -Cállate vampira traidora.
   Míara se dio cuenta que la niña hacía mucho tiempo que había dejado de pensar por sí misma.
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