• Cánticos De Poder

       Damon buscaba con desesperación algo con lo que poder desatarse, su compañera estaba siendo atacada y no podía defenderla si antes no se liberaba. A una corta distancia pudo ver un pedazo de madera, cuya rotura de su cuerpo desquebrado, hizo que resaltase una parte punzante. Damon se acercó lo más rápido posible a él y logró desatarse. Las cuerdas fueron partidas en dos y sintió como su sangre circulaba con mayor velocidad por sus venas. Sin vacilaciones, se volteó para ir hacia el poderoso ser que gobernaba la magia negra. Aunque, no pudo ser, un furioso licántropo se abalanzó sobre él con la mera intensión de probar un buen bocado. El corazón de Damon, ante el imprevisto acontecimiento, dio un vuelco sin determinar los pasos de sus apresurados latidos. Su única defensa era el trozo de madera que aún conservaba en su mano, además, de su longeva experiencia en destruir almas de la luna llena. Mientras luchaba por sobrevivir contra el enorme hombre lobo, su mente no podía establecer una conexión lógica a lo que estaba sucediendo. Aún no había anochecido y la luna no había salido ¿Qué era lo que estaba ocurriendo? Entonces, en los ojos del licántropo pudo ver lo que acontecía. No eran unos hombres lobos cualesquiera, sino que, pertenecían a un grupo que, en un tiempo, pensó que estaban exterminados... Los feroces Licornios, una raza manipulada genéticamente. O eso es lo que siempre creyeron los humanos. Los Licornios eran más difíciles de persuadir que la propia licántropa. Muchos más grandes, con colmillos altamente afilados y con garras enormemente devastadoras.

       Mientras Damon lidiaba con el fiero animal y los indígenas de la tribu corrían despavoridos por el grupo de Licornios que habían entrado para ser ellos los propietarios del festín que estaban organizando, Míara se debatía en duelo contra el verdugo. Intentaba por todos los medios huir de sus frías manos magas. A pesar de los innumerables intentos, parecía imposible y sólo la palabra tomaba el curso de poder formar una tregua.
       -¿Qué es lo que quieres de nosotros? Ahora ya no les sirves a los caníbales ¡Déjanos ir! -las venas de la vampira resaltaban en su níveo cuello.
       El verdugo soltó sobre su oreja el resoplo de una sonrisa.
       -¿Crees que he aparecido porque me importa el trato con los dioses? -emprendió una pregunta que llenó de dudas el pensamiento de la vampira.
       -¿De qué estás hablando?
       -Querida, deberías ser más inteligente... Los verdugos no somos seres que se mueven por compasión o creencias. La avaricia y el poder son los motores de nuestra existencia.
       Míara no estaba deduciendo qué era lo que le intentaba dar a entender.
       -No sé de que me estás hablando.
       -Has violado un acuerdo joven vampira... ¿Puedes llegar a imaginar cuánto puedo conseguir si te entrego a los Santuaris?
       El simple hecho de escuchar ese nombre, se le puso los pelos de punta.
       -Podemos negociar -comentó tragando saliva-. Puedo ofrecerte más que lo que ellos te han solicitado.
       El verdugo dejó de presionarle el cuello y se puso frente a ella mostrando una maléfica sonrisa.
       -¿Ofrecerme más? ¿Más que aquellos que gobiernan por encima de ti? -preguntó añadiendo un filo de crueldad en su mirada.  
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