• El Verdugo

       Unos trapos viejos era lo único que había dentro de la pequeña cabaña donde les tenían nuevamente detenidos. Esta vez, sus manos permanecían libres, aunque aún conservaban las marcas de los fuertes amarres. Damon observó con mucha atención uno de esos sucios trapos, pues unas iniciales estaban cocidas con destreza y parecía casero. En su cara se dibujó el desconcierto. Su mente se embarcó en un profundo pensamiento, hasta que una respiración cerca de su cuello hizo que volviese en si. Se volteó con rapidez y, fue entonces, cuando se dio cuenta de que a Míara le había ganado el cansancio. Con mucho cuidado, la recostó en el suelo y le apartó con delicadeza el oscuro pelo de la cara. Durante unos segundos, no pudo dejar de mirarla. En ese momento de soledad, llegó a la conclusión de que la vampira guardaba un secreto muy valioso en su corazón. Por ese mismo hecho era incapaz de hacer daño a un ser maldecido por la luna llena. Él había visto, en varias ocasiones, como sus lágrimas caían de sus ojos, intentando ser invisibles. Damon estaba seguro que al igual que él, ella también tenía un pasado. Incluso, podía guardar un presente. Se sintió asustado, era la primera vez de muchas cosas y hacía mucho tiempo que no se interesaba en conocer el sufrimiento de otra persona. Entonces, llegó el momento de mirar hacia otro lugar de la cabaña y unos pasos escuchó llegar. Unos pequeños toques con sus manos fueron suficientes para que Míara despertara. La puerta fue abierta por el jefe de la tribu, que se hallaba acompañado de tres lacayos. Se acercó a ellos y les hizo ponerse en pie.
       -Atadles de nuevo... Él nos espera -comentó, mostrando su precaria dentadura y agitando con mucho furor su bastón decorado por ojos de dudable existencia.

       Una gran hoguera avivaba la noche, el humo se perdía entre las estrellas y los indígenas pronunciaban una extraña, aunque a la vez, famosa melodía. Bailaban al son de sus tambores y entorno a la gran hoguera. Uno de ellos echaba unos polvos a la espeluznante llama brava y, de ella, expulsaba una corriente infinita de fuego. Damon se asustó en un primer momento al ver la voracidad de la llama, aunque supo disimular bien su miedo. Sin casi esperárselo, habían llegado al lugar donde se iba a realizar algún tipo de ceremonia. Míara pronunció una súplica con su mirada. El jefe de la tribu se puso frente a la hoguera y empezó ha invocar unas palabras, aparentemente sagradas. Cerró los ojos y abrió los brazos. En cada segundo que pasaba, su tono de voz aumentaba. Hasta que al final se silenció, al igual que el resto. Damon y Míara se echaron una mirada de incertidumble. El fuego empezó a consumirse. Cada vez más rápido. En una pequeña fogata se convirtió siendo apagada por un soplo de aire. El humo comenzó su ascenso. Damon mantenía la expectación que le otorgaba la curiosidad y pudo ver como una figura humana se creó. Un hombre con túnica negra apareció de la nada. Todos los componentes de la tribu se agacharon en reverencia, siendo ellos forzados a hacerlo también.
       -¿Qué es lo que ha sucedido, Míara? -preguntó Damon, casi a susurros.
       -Han invocado al verdugo de la magia negra -respondió con miedo en sus ojos.
       -¿Es un mago entonces?
       -No, los magos no tienen el corazón tan oscuro como este ser -Míara especuló una pausa-. Damon, ahora sí que tenemos que hacer algo para salir de aquí.
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