• ¿Magia?

        El cielo calló su tormento. El viento dejó de resoplar y los indígenas temían levantar la cabeza. Parecía como si el tiempo se hubiese asustado y, ante el pánico, quedase paralizado, sin poder correr hacia un lugar seguro. Bajo la capucha negra, ese que se hacía llamar verdugo de la magia negra abrió sus ojos. La oscuridad abundaba en ellos y no se podía decir que existiese la compasión en su apagado brillo. Damon le miró fijamente. Observó como sus ojos no tenían lagrimal, por lo tanto, pudo entender que la pena no sería un hecho que le otorgase de arrepentimiento. Se contaron décimas de segundos en la manutención de la mirada, nunca unos ojos expresaban tanto como los de ese ser. De la hoguera sin llamas, se atrevió a dar unos pasos, surcando su dirección hasta el jefe de la tribu. Sus manos entrelazadas decidieron despegarse para alzarlas en el aire, a la vez que hacia tal gesto, el grisáceo pelo del mandatario de la tribu se enredó entre sus dedos magos. Acercó sus labios a su oído y todos escucharon sus primeras palabras.
        -¿Por qué me has invocado? -preguntó, haciendo bastante presión en su descolorado cabello.
        -Los dioses nos han bendecido con estas criaturas -comenzó su explicación aflorando una sonrisa sarcástica de sus labios-. La bestia no ha podido aniquilarlos y entregarnos el placer de su carne. Los dioses han decidido que tu magia sea la que haga que estos seres dejen de existir -terminó marcando unos hoyuelos bastantes profundos entre sus mofletes embarnizados de tierra rojiza.
        El verdugo le miró con una mirada temible y soltó su pelo, con tal fuerza, que hizo que cayese de rodillas nuevamente. Luego, puso una nueva dirección en su camino.
        -Vaya... ¿Qué tenemos aquí? -dijo dibujando un círculo sus pasos, estando en el centro de él sus nuevas presas.
        -Por favor, lo único que queremos es seguir nuestros pasos. No queremos que nadie más muera -comentó Míara con un hilo de voz.
        El verdugo se dirigió a ella y prestó especial atención a su físico.
        -¿Quién ha dicho que vaya a morir alguien más, vampira?
        Los componentes de la tribu se miraron y comentaron la sorpresa. En ningún momento pensaron que estaban ante un bebedor de sangre.
        El verdugo acercó una de sus manos a ella y sin tocarla, ésta empezó a asfixiarse.
        -¡Déjala en paz! -exclamó Damon, poniéndose delante de ella, paralizando inexplicablemente la acción de la magia en la vampira.
        El verdugo impresionado, a la par que enfurecido, clavó sus ojos en él. Su poder era tan fuerte que aniquiló cualquier escudo emocional y lo llevó a arrodillarse ante sus pies.
        -Humano tenías que ser... Os pensáis que sois los salvadores del mundo y habéis sido los primeros en convertirlo en vuestro enemigo -replicó con coraje el verdugo, produciendo en Damon un dolor ajeno a cualquiera de los que ya conocía.
        De repente, los indígenas empezaron a chillar y a correr. Estaban alterados y se formó tal revuelo que no dejaba paso a ninguna explicación. Esto hizo que el verdugo perdiese la concentración y su magia se desvaneció. Míara aprovechó su debilidad para impregnarle una patada en el pecho, pero la magia del ser era muy poderosa y, como el humo, se desvaneció. La vampira entre el revuelo le buscó desesperada y en una fracción de segundo, su cuello se vio acorralado por los brazos del macabro verdugo. 
  • 2 comentarios:

    1. Me gusta...saludos...*«««Keila»»»

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    2. ¡¡Muchas gracias!! Que tengas un feliz día... Saludos ;)

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