Cuento 1: Diosas

   En el limbo de los Dioses, las Diosas más astutas y bellas discutían la posibilidad de vivir eternamente en la tierra, pues el cosmos se estaba apoderando de los cielos, y pronto, el Universo lanzaría su ataque para conquistarles. Por lo tanto, el tiempo era un tesoro, que poco a poco, estaba desapareciendo. Las diosas más notables, debatían el hecho de que si decidían afiliarse a la próspera naturaleza, no podían hacerlo de la forma que presentaban, pues sus aspectos humanos enfadarían a los Reyes del Templo, y las maldecirían con desgracias. Así que, decidieron buscar a un animal que representasen sus almas. Pero la confusión y desesperación, las estaban volviendo ciegas de decepción.

   La misericordiosa Reina de las Almas Libres, se propuso ayudarlas, y les entregó tres bellas cartas mágicas. Las Diosas desconcertadas, miraron las hermosas cartas para ver qué estaba ilustrada en ellas. Todas se sorprendieron al observar que en cada una de las presentes, se hallaban tres curiosos animales. Al ver sus caras extrañadas, la Reina de las Almas Libres decidió explicarles qué significaban cada una de ellas. En la primera, se podía apreciar un ciervo de enormes cuernos afilados y bravas patas carnosas. Este representaba la lucha, la salvación y el optimismo. Las diosas no estaban muy conformes con dicho animal, pues tras su poderosa máscara, se escondía un débil sucesor, y no era propio de los Dioses tener que rendirles cuentas a la salvación. Al ver que ellas despreciaron a tal inocente animal, la Reina rompió la carta y le enseñó el significado de la segunda de ellas. El bello papel, estaba representado por un caballito de mar, delicado, inocente y protector. Este llamó la atención de sus posibles inquilinas. Finalmente, les aturdió la idea de que muy poco podrían protegerse si no tenían una coraza con la cual defenderse.

    Las Diosas estaban cada vez más nerviosas, pues sólo faltaba una única carta, y si ésta fuese un peligro para ellas, solamente les quedaría arrodillarse ante él. Por fin, la Reina de las Almas Libres, les brindó la esperanza de conocer al último de los posibles animales terrícolas. Todas quedaron impresionadas cuando observaron al ser dibujado en la mágica carta. Un búho. Éste se describía como inteligente, intuitivo y observador. Las Diosas quedaron maravilladas al ver que tal animal las representaba a la perfección, pues teniendo inteligencia, accederían al don de la salvación y la astucia para defenderse. La intuición, las llevaría por mejores caminos, que ojos que no saben a donde ir. Y proporcionarles el placer de la observación, las conducirían a saber como actuar ante el mayor de los enemigos. Por lo tanto, decidieron que este último fuese el elegido. La Reina de las Almas Libres, hizo de sus deseos sus realidades, y en encantadores búhos las convirtió.

    A Ezperantra, le dio el búho de la suerte, otorgándole el don de tener en su poder, todo aquello que desease. Ante cada sueño, lograría un trofeo. Pues sus ojos serán los únicos que conseguirán ver más allá de lo que se ilustra en un primer momento. Sus píos, serán tan agraciados, que feliz dormirá cuando el mundo tenga que despertar.

    A Amatea la encarnó en el búho del amor, le brindó el poder de seducir, enamorar y conquistar todos los corazones que sus labios rozasen. Ella sería la más poderosa en el amor. La paz siempre le bendecirá y jamás al mal de amores besará.

    A Mathernica le proporcionó el búho de la maternidad. Su don consistía en la salvación de la evolución. Pues gracias a ella nunca una raza se extinguirá y, todos los que la rodeasen, a salvo se sentirán. El mal no existiría en su vuelo y lo próspero nacería en cada madrugada, siendo la luna, la única que la puede conquistar.

    Poder, amor y felicidad era lo que a estas antiguas diosas del Limbo les iba a esperar, sin recatar en el detalle más importante al que tener mayor fragilidad. Pues, eran hijas de la naturaleza mortal, sus vidas prendían una llama que, tarde o temprano, la vejez o la desafortunada mala suerte debían apagar, porque ahora, simplemente eran Diosas de sus almas.

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