• Cuidado con lo desconocido...

        La princesa del bosque Mirror se levantó de su espectacular trono y le ofreció su mano a Míara. Ésta, sin vacilaciones, se la aceptó y se puse en pie. Tras una breve sonrisa, la princesa soltó su mano y le hizo una seña para que la siguiera. Míara se fijó en sus ojos plagados de misterios, provocando un impulso inestable de si seguirla a donde quería que fuese. Al final, decidió seguir sus pasos, nuevamente. Se aproximaron a un largo pasillo oscuro. La princesa alzó una mano y ésta se iluminó gratamente. La apoyó sobre la pared más próxima, que resultó ser un inmenso espejo que, gracias  a la luz proporcionada, reflejó la claridad en todo el infinito pasillo. Míara impresionada, no quiso perder de vista a la bella heredera. La melodía de sus pasos dejaba una huella en el silencio.
        Después de unos minutos, la princesa se paró frente a uno de los espejos. Lo tocó y, sin ningún aviso, éste la atrapó. Míara se asustó. Unos pasos dio hacia atrás. Entonces, miró a su espalda y pudo entender que si no hacía lo mismo que su acompañante se vería sumida en la penumbra. Se movió con timidez hacia el espejo, cerró los ojos y colocó su fría mano sobre el. Una pequeña transición y un aire revuelto se apoderó de su cuerpo. Con el corazón agitado, abrió los ojos. Un suspiro de tranquilidad expulsó sus labios al ver que simplemente había ido a parar a una habitación adornada de grandes cortinas rojas. En el centro, una mesa con una forma bastante complicada, escondía bajo una tela roja un secreto. Se acercó a ella. En frente, esperaba la princesa.
        -Has sido muy valiente -le dijo ella.
        -¿Por qué lo dices?
        -A pesar de desconocer a dónde ibas a parar, decidiste atravesar el espejo. Los vampiros no sois atrevidos. Como has podido comprobar con tu experiencia, sólo ven y creen, lo que tienen delante. Lo que está fuera de lo natural tiene que ser castigado o prohibido -paró sus labios y prosiguió con una sonrisa-. Sin embargo, tú eres diferente, Míara.
        -¿Qué es lo que quieres contarme? -preguntó confusa-. Soy intolerable al misterio...
        La princesa levantó su mano y con elegancia destapó lo que la tela roja tenía oculta. Míara se hizo hacia atrás preocupada. Sus ojos se abrieron tanto que parecían que, de un momento a otro, iban a huir aterrados.
        -Pero ¡Estás loca! -exclamó Míara al ver que la mesa tan extraña, mantenía una espeluznante bola de cristal-. La magia puede destruirte si no sabes cómo utilizarla... ¡¿Para qué me has traído?! -expuso alterada.
        -Tranquila vampira. Sé utilizarla. Me ha costado hallar la forma, pero al final, lo he logrado.
        -¿De dónde la has sacado? -cuestionó preocupada-. Sólo existe un reino que la utiliza... ¿Qué relación tienes con ellas?
        La princesa puso sus manos sobre la esfera transparente y Míara observó como la bola resplandeció en decadencia.
        -Ahora, pon las tuyas -le ordenó a la vampira.
        Ella la miró asustada ¿Cómo le iba a pedir eso? Jugar con la magia suponía un reto peligroso.
        -¡Vamos, ponlas! Si no lo haces, no podrás llevar el cambio y, tampoco, sellar la sucia boca de tu gran amiga, Lira -comentó.
        -Ella... No es amiga mía -dijo a regañadientes.
        -Míara, confía en mí. Debo enseñarte aquello que debes hacer. Puedes cambiar tu destino pero jamás podrás borrar las huellas de tu camino -simpatizó lo dicho con una breve sonrisa.
        La vampira adelantó unos pasos y con nerviosismo, pero con muchas ganas de saber que se escondía en esa bola mágica, colocó sus manos en ella. Una tormenta de colores y magia empezó a crearse en su interior. Hasta que de pronto, una figura se dejó apreciar.
        -¿Quién es? -preguntó extrañada, Míara.
        -Se llama Damon y, en cierto lugar del futuro, puede ser el salvador de tu condena.
        Los ojos de la vampira se clavarón en los de la princesa, asustados por el desconocimiento.
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