• El Engaño

        Una fría tormenta, abrumaba con todo su poder destructor, el soberano reino de los vampiros. Las oscuras nubes, cargadas de un odio arrebatador de almas, se entristecían aún más ante cada rayo caído a la tierra tenebrosa. La única luz de esperanza se dibujaba en el cielo sumido por el llanto feroz de un relámpago. En medio de la increíble civilización vampírica, se dibujaba la silueta de un enorme castillo ennegrecido, cuya entrada solicitaba el permiso de un poderoso grupo de sanguinarios: Santuaris.

        Una voz de aliento helado llamó a una puerta propia de las tinieblas. Una orden de inquietud fue el relevo perfecto para poder traspasarlar. Un vampiro de mediana melena, adornada de numerosas rastas, extendía sus pasos hasta un pequeño altar rojo. Una reverencia hizo y tragó un poco de saliva antes de hablar.
         -Ama... Ya está aquí.
         Su soberana que vestía en su cabeza un gorro ovalado, decorado de grandes diamantes negros caídos por su peso hacia su rostro tapado por un antifaz, del cual escapaba su mirada de odio, se levantó de su trono mostrando una sonrisa oportunista en sus labios.
         -Déjale pasar -ordenó con cierta ansiedad.
         El vampiro volvió tras sus pasos y abrió nuevamente las puertas del habitáculo. Éstas, fueron dejadas atrás por un ser de sombra oscura y alma maligna. Se acercó hasta ella y con sus ojos rojos la observó.
         -He venido a entregarte lo que me pediste.
         -Quiero verla -respondió ella.
         Entonces, el ser sin espíritu alzó su mano y la abrió. En ella apareció un pañuelo que custodiaba un poderoso tesoro.
         -La has encontrado, Verdugo -comentó con una amplia sonrisa. Se puso frente a él y desenvolvió el deseoso regalo. Cuando vio aquello que tanto anhelaba, su rostro resplandeciente cambió drásticamente-. ¿Qué es esto? -preguntó a la vez que cogía un trozo de carbón y deshacía entre sus dedos.
         -¿De verdad que creías que te iba a entregar la piedra mágica? -formuló su pregunta con una leve carcajada-. No soy tan estúpido, vampira -estremeció sus ojos con furia.
         -¿Para qué has venido, entonces? -la rabia chirriaba entre sus afilados dientes.
         -Tengo un mensaje que darte -respondió-. Ella, ya está preparada.
         -¿Ella? ¿A quién te refieres? -en su rostro se dibujó la duda.
         -Míara, ya está preparada.
         La vampira se dio media vuelta y, pasados unos segundos, se volteó una vez más hacia el Verdugo.
         -La conozco y te puedo asegurar que te ha traicionado, Verdugo -intentó persuadirle.
         -Nadie es capaz de engañar a un Verdugo de la magia negra, Lira -contestó.
         -¿Cómo sabes que la piedra que te entregó es la verdadera? -le preguntó enarcando una ceja y acercándose a él.
         -Sentí todo su poder. Tengo la piedra mágica -su expresión se volvió más seria.
         -¡Merdtie! -exclamó con antojo.
         Entre unas cortinas rojas, un hombre desaliñado, envejecido, con harapos oscuros y un grato bastón consumido por la desgracia, dejó caer su presencia.
         -¿Me has traído a un brujo?
         -No menos precies el poder de Merdtie. Es más que un simple brujo. Puede escuchar y leer la mente de cualquier ser que habita en los reinos -explicó, Lira.
         Merdtie se acercó al Verdugo y cerró los ojos. Apretó con mucha fuerza su bastón y, de pronto, todas las velas que daba luz al habitáculo se apagaron. De repente, una voz hizo que una luz azulada corriese por todo el entorno. El Verdugo observó con atención el desesperado hecho y se dio cuenta de que según la vibración de la voz, se iluminaba con más intensidad o se diluía cuando eran susurros. Al final se centró en entender qué era lo que estaba diciendo y sus tímpanos captaron enseguida una voz conocida.
         -¿Le has entregado la piedra mágica? ¡Si cae en manos enemigas, nos destruirá! -su timbre parecía agudo como la de un hombre.
         -No, es difícil de explicar... Pero, la piedra que se ha llevado es mágica sí. No obstante, no es la que él está buscando.
         La voz de Míara se escuchó con tal claridad que el Verdugo cerró su puño, guardando toda su ira en él. Sin apenas darse cuenta, la situación mágica vivida volvió todo a su debido orden. El Verdugo miró a Lira y con pesadez en sus labios, los abrió con claras intenciones.
         -La encontraré y, esta vez, me va a suplicar que le deje respirar.
         Lira ancló su mirada con la suya y formuló una sonrisa ambiciosa.
         -No te preocupes amigo. Tengo un plan mejor -confirmó, mostrando sus colmillos sedientos de sed.
       
  • 0 comentarios:

    Publicar un comentario

    Con la tecnología de Blogger.