• El Poder

        Tras unas florecidas ramas que desprendían un olor especial a naturaleza, Míara observaba el lugar en el que estaba a punto de entrar. Parecía un pequeño pueblo, de indefensos campesinos. Sólo una de las casas tenía chimenea y se presentaba como la más alta de todas. La vampira caviló en que, esa persona o ser que viviese en esa morada, debía de ser alguien importante. Miró hacia un lado y, luego, hacia el otro. Al no ver ningún peligro, se decidió avanzar en la dirección que creía más exacta. Pocos metros separaba la entrada del bosque de la hermosa casa. Su fachada de piedra simulaba la de los antiguos templos sagrados. Míara sonrió aliviada ya que le resultaba agradable el entorno. Se percató de que una de las ventanas que daban al bosque estaba abierta. Con precaución y vigilando de que nadie la estuviese observando, entró con una facilidad innata. Su primer avistamiento se declaraba como el lugar que mejor olía en un dulce hogar, sus botas bañadas de barro estaban ensuciando la madera que adornaba el suelo de una preciosa cocina. Alguien debía haber en la casa porque un calderón fanfarrón interrumpió con su silbido el silencio que se acogía en toda la morada. Unos pasos se colaron en los tímpanos de la vampira y, esto hizo que se agachase y buscase un sitio donde ponerse a salvo para olisquear el ambiente. Una bonita puerta rectangular que se situaba debajo de la lacena fue el escondrijo perfecto. Un agujero bastante atenuado sirvió para no perderse la escena. Una mujer embarazada entró en la cocina y quitó la tapa del caldero. Un agradable olor desprendió entre su vapor y fue percibido, incluso muchísimo antes, por la vampira. La mujer dio unas cuantas vueltas con un cucharón a aquello que estaba cocinando y se llevó con delicadeza la mano a su barriga. Soltó una sonrisa cargada de felicidad y acompañada de una encantadora melodía abandonó la tarea. Salió por donde mismo entró y se perdió su voz. Míara, con mucha sutileza, abrió la puerta de su escondrijo y se dejó ver. Persiguió, fotografiando con la mirada todo el recorrido que estaba haciendo, a la mujer hasta una sala de estar. Unas fotos que había encima de una mesa de madera, llamaron su atención. Al ver que la mujer estaba inmersa en su mundo de tarareos infantiles, fue a investigar las fotografías. En ellas, se apreciaba a la misma casera con un hombre que podría tener la misma edad que aparentaba ella. A Míara le atrajo el pelo tan rubio y largo que vestía la cabellera de la mujer. Una nueva sonrisa se perdió entre sus labios, aunque no le dio tiempo a disfrutarla. Unas manos sensibles estaban tocando sus hombros, asustada se volteó. Aquella que hacía unos segundos estaba sentada en un sillón, felizmente acariciando su barriga y cantando una hermosa canción, la había descubierto. La vampira caminó unos pasos atrás, no sabía cómo reaccionar. La expresión tranquila de la mujer hizo que se bloqueara aún más. Ésta puso las manos hacia delante y con gesto amable quiso establecer una conversación.
       -Tranquila, tranquila... No voy a hacerte daño.
       Míara no sabía cómo actuar, así que al escuchar sus palabras paró en seco sus pies.
       -¿Te has perdido? ¿Necesitas ayuda? -preguntó con preocupación la mujer.
       -Siento... Siento... No tenía por qué haber entrado. Pensé que se trataba de un lugar en el que podía esconderme -expuso nerviosa la vampira.
       -Ya, estás huyendo de ellos ¿verdad?
       -¿De quiénes hablas? -cuestionó con incertidumbre.
       -Los verdugos de la magia negra -dijo, simulando el no entender de quiénes sino se iba a referir-. No temas, ellos aquí no pueden entrar. Nuestro pueblo les arrebató, hace muchos siglos, su mayor poder -comentó aflorando de sus labios la más bella de las sonrisas.
       -¿Desde hace siglos? ¿Qué poder? -La confusión iba ocupando más espacio en su cabeza.
       -Ven, te lo voy a enseñar -objetó a la par que le cogía la mano.
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