• La Recompensa

       Las hojas caídas por la acelerada desesperación, relataban la huída hacia lo desconocido. El aire que entraba en sus pulmones, revoloteaba alterado en su interior, apresurando una salida para mezclarse con la brisa pura del bosque. Cada rincón marcado por los árboles era una copia exacta al ya avanzado. El ambiente se disfrazaba de sí mismo para llamar a la puerta de la locura. A pesar de todo, el instinto de los vampiros iba más allá de lo que muchos podían imaginar. Su habilidoso olfato les llevaba a distinguir cualquier lugar que se hallase próximo, por muy lejos que en realidad se encontrase. Unos cuantos metros más, fueron suficientes para ver un humo salir de una chimenea. Míara, escondida bajo una capucha, sonrío al verse recompensada por la suerte. Un lugar peor que el reino de los vampiros, ahora mismo, no podía existir. Se aventuró en seguir el rastro de la humareda. Más descansada, paró antes de atravesar los últimos árboles que parecían tocar el cielo. Un extraño sonido se escuchó en un arbusto cercano. Míara se abalanzó con agilidad hacia un tronco para esconderse tras de él. Sus ojos, con mucha precaución, se aventuraron a salir de su escondrijo para observar qué era lo que estaba sucediendo. Entonces, la vampira pudo ver algo asombroso. Frente a uno de los gigantes árboles se hallaba un verdugo de la magia negra, estaba leyendo con mucha atención algún comunicado que habían puesto como títere de información sobre la piel del bravo árbol. Un extraño escalofrío visitó el cuerpo de la vampira cuando el ser giró un poco su cabeza intentando escuchar, algo más allá, del piar de los pájaros. Míara intuía que el verdugo sabía perfectamente que ella se encontraba muy cerca y que, tal vez, le estaba vigilando. El ser alzó la mano, moviendo los dedos según la dirección del viento, se giró y señalizó hacia donde ella se encontraba. Míara se volvió a esconder con mucha rapidez y tragó saliva. ¿La había visto? ¿Sabía que ella estaba ahí escondida? Éstas y muchas más preguntas flotaron como ideas desordenadas sobre su cabeza. Entonces, sintió como un magnetismo propio del mal se acercaba a ella. Con los nervios a flor de piel pudo apreciar el sudor rondando por su frente.

       El verdugo de la magia negra se estaba acercando al misterioso árbol de donde provenía una leve respiración. Sus ojos rojos se achinaron delatando verdadero resquemor por la sorpresa que amenazaba su respiración ambiciosa. Ya se encontraba en el árbol y con maestría se abalanzó para descubrir al intruso, pero no había nadie. Se llevó una inesperada decepción al ver que su intuición le había fallado. Nunca lo hacía. Un ambiente muy extraño se respiraba alrededor y no entendía qué era lo que estaba sucediendo. Con preocupada inseguridad decidió marchar por el camino que estaba siguiendo. Unas ramas más arriba de donde él se encontraba, reposaba viendo toda la escena, Míara. Menos mal que los vampiros eran ágiles escaladores, porque sino, habría sido un delicioso tentempié para el verdugo de la magia negra. Cuando no vio más amenazas a la vista, decidió bajar. Volvió a mirar al cielo y aún seguía esa chimenea liberando el humo de su esperanza. Antes de dar su primer paso, fijó su atención al árbol que había captado la curiosidad del verdugo. Entonces, se llevó la mano a la boca. Ahora lo entendía todo. Un cartel que exigía una gran recompensa por la captura de una vampira desterrada, iba dirigido para los seres más poderosos. Míara había perdido la noción del tiempo mientras estuvo en el bosque de Mirror, aún así, nunca imaginó que su propio clan iba a manipular toda la información y tratarla como una intrusa para los reinos. Ya se había extendido más allá del limítrofe del reino de los vampiros. Míara corrió con avivado descontrol hacia ese lugar donde brotaba la brisa arrastrada de su manto del anhelo.    
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