• No te miento

        Sus pupilas delatadas volvían de un pequeño paseo en el tiempo. A su alrededor, aún se escuchaba la desesperada huída de los indígenas, los hombres lobos habían acogido una gran parte del terreno. Sus oídos captaban la incesante pregunta del Verdugo. Después de pasar un tiempo por sus recuerdos, fijó su mirada en los labios de tal indeseable ser. El timbre de su voz revoloteaba por sus tímpanos como si de una pequeña onda expansiva, poco poderosa, arrebatase sus sentidos. Sin saber muy bien lo que le había pasado, escogió el camino de la observación. Damon peleaba con astucia y furia contra un temible licántropo y, junto a ella, el Verdugo de la magia negra repetía constante su sorpresa.
        -¿Qué es lo que puedes darme, que sea más valioso, que lo que me ofrecen los Santuaris?
        Míara mantuvo su mirada en la suya y, sin bajar la retaguardia, se examinó con intriga uno de sus bolsillos. De él, sacó un pañuelo oscuro.
        -¿Qué es eso? -los ojos rojos del Verdugo se engrandecieron ante el misterio.
        La vampira, con su otra mano, destapó toda duda y mostró aquello que escondía.
        El Verdugo puso un gesto de verdadera impresión. No se podía creer lo que estaba viendo. Ante el fabuloso descubrimiento, un pensamiento de un posible engaño le arrebató el poco sentimiento que podía albergar en su corazón.
        -No, no puede ser. ¿Cómo la puedes tener tú? Tu reino no es poseedora de ella -comentó con inquietud.
        -¿Quién te ha dicho que fue en mi reino donde la encontré? -Aseguró la especulación para darle más emoción al tesoro que protegía en su mano-. Una aldea de simples campesinos la custodian y yo la robé. Hace mucho tiempo de eso y parece que estaba esperando el momento oportuno para irse con su dueño -expuso mostrando una sonrisa poco grata.
        El Verdugo alzó la mirada entonando no estar muy conforme de si decía la verdad.
        -Mientes -dijo al fin.
        Míara estiró su brazo, abrió todo lo posible su mano y le miró con esa estrecha seriedad propia de una vampira.
        -Esta bien, si crees que miento, coge la piedra -le retó.
        El tiempo parecía que por un momento se había paralizado. Toda ansia por obtener el poder absoluto, le sumió en una escalofriante situación de ansiedad. Se acercó con sigilo a ella, estiró su mano de tinieblas y cuando fue a tocarla, se hizo hacia atrás con espanto.
        -Es la piedra... -objetó con asombro.
        -Es tuya, si antes, haces algo por mí -propuso la vampira.
        -¿Qué quieres que haga? -sus ojos estaban siendo hechizados por la ambición de poseer aquello que todo el poder le otorgaba y, que a la misma vez, su destrucción le citaba.
        -Tendrás que llevarle un recado a una vieja amiga.
        El Verdugo la miró con atención, luego aceptó con un gesto.
        -¿Y qué ocurre si no encuentro a tu amiga?
        -No te preocupes por eso, sí la encontrarás -respondió como si pudiese adivinar que verdaderamente ese hecho iba a ocurrir.
        -Tu mirada guarda rencor. No te manches las manos de rabia, yo puedo hacerlo por ti. Esa piedra es todo lo que deseo -comentó hechizado por la hermosa piedra.
        -Vaya, ¿un Verdugo de la magia negra empatizando? Ahora sí que estoy totalmente desconcertada.
        -Sólo te ofrezco mis servicios -dijo indignado-. ¿De quién se trata?
        Míara se acercó más a él.
        -¿Te suena de algo, Lira?  
  • 2 comentarios:

    1. Muy buen relato, me gusto mucho, interesante historia y tan bien escrito.

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      Respuestas
      1. ¡Muchas gracias estela! Aún queda más por descubrir de esta novela corta, espero que sigas disfrutando con ella. ¡Gracias por tus bonitas palabras! Saludos :)

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