• Te encontré

       Míara siguió los pasos de la bella princesa del bosque Mirror hasta alcanzar un inmenso palacio, donde el reflejo de la luna se transparentaba en sus cristales. Un par de zorros salvajes, bastantes grandes para el entender de la vampira, custodiaban la entrada. La heredera alzó su mano en su dirección para que se fundiera junto a la de ella. Parecía la señal de que ella sí era bienvenida a su humilde morada. Los atléticos animales, de orejas extremadamente enormes, no se mutaron ante la vampira. Aún así, no dejaron de prestar especial atención a todos sus movimientos. Un audaz espejo era el que servía el paso a la entrada. La princesa la agarró con mucha más fuerza y ante un escueto sonido de temor que provenía de la garganta de Míara, se decidió a traspasarlo. En el otro lado, un sinfín de sirvientes esperaban las órdenes de su dueña. La vampira les miró curiosa al ver sus maquillajes. Sus caras estaban pintadas de blanco y negro, cada color ejercía poder en una mitad. El trono esperaba ser calentado por la princesa y ésta ordenó que le trajeran un sillón real a su invitada. Los sirvientes pusieron todas sus ganas en contentarle y así lo hicieron. Una vez que ambas estaban cómodas, decidieron cruzar algunas palabras.
        -¿Qué es lo que tienes que contarme?
        La pregunta de la vampira cargaba tanto misterio que una sencilla sonrisa sorprendió los labios de la princesa.
        -Sabes que no podrás sobrevivir ahí fuera durante muchos siglos, ¿verdad?
        -No estoy segura, pero no puedo volver a mi reino. Si lo hago me mataran y Lira será la que más disfrute con mi muerte -comentó, mostrando en su mirada una pena incómoda.
        -Ya sabes como son los Santuaris. El respeto por la vida lo sobrevaloran porque no se dan cuenta que es más importante que el propio poder -expuso mientras le ordenó algo a su sirviente. Luego, cogió una pequeña taza de cristal y pegó un sorbido de su contenido-. En cambio, tanto tú como Montry, sabéis que el cambio puede existir si se consigue el antídoto que ayudará que los Licántropos vuelvan a ser los seres y personas que eran antes.
        -Pero ese antídoto está custodiado bajo la supervisión de Feroy. Él hizo un pacto con los vampiros y humanos. Sólo se lo dará a una de las dos razas si el tratado cambia y, por culpa de ese cambio, ahora estoy metida en un lío -comentó disgustada.
        -Sí, Feroy gobierna un reino lleno de magia y poder. No obstante, no es el único que maneja la magia -añadió con una breve sonrisa.
        -¿Qué estás insinuando? -cuestionó sin saber qué era lo que estaba preparando en su cabeza.
        -Existe un reino que lleva siglos desterrado...
        -¿Te refieres a...? -paró unos segundos, abriendo los ojos con mucha intensidad-. ¡Estás loca! Ahí, nadie puede entrar. Ellas no son amigas de aquellos que pertenecen al tratado y aunque yo esté en búsqueda por los Santuaris, a mí no me dejarán pisar sus tierras -terminó confusa.
        -Hay humanos que llevan milenios pidiéndole favores.
        -Pero, yo soy vampira no humana.
        -Tú sí, pero he encontrado a alguien que puede ayudarte en este camino -dijo la princesa alojando en la mano de uno de los sirvientes su taza vacía.
        -¿Quién? -su expresión difusa absorbió el sentido de la pregunta.
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