• El Silencio Escucha

        Damon fijó sus ojos en la temible niebla y suspiró hacia sus adentros. Su corazón latía a una velocidad casi imposible de calcular. Y sintió como corría desesperada su sangre por sus venas. Sus sentidos hacía siglos que no presentía el mal y, mucho menos, el miedo. Pero tenía esa amarga sensación que se tiene cuando intuyes que lo que estás a punto de hacer no va a resultar como realmente lo esperabas. ¿A qué estás esperando? Paseaba esta incómoda pregunta por su inconsciente continuamente. Lo cierto es que le daba un temor horrible a dar el primero de los pasos. La densa niebla ahuyentaba en un soplo hasta al más valiente soldado. Él sabía lo que se supone enfrentarse a un gran enemigo pero nunca pensó que se tendría que preparar para enfrentarse al peor de todos: a la locura. Respiró con mucha más intensidad y miró con advertencia a Míara.
         -Tenemos que dar este paso. No te separes de mí.
         -No te preocupes, los vampiros tenemos la suerte de ver más allá que aquellos que viven con vendas en los ojos –le contestó con una fresca sonrisa. La vampira intuyó en la voz de Damon que algo en él había cambiado. Era la primera vez que se preocupaba por alguien de su entorno y, eso, conllevaba un honor incalculable.
         Nada más traspasar la línea que envolvía el paso de la niebla espesa, todo el alrededor se volvió de un único paisaje. El blanco envuelto en humo era el protagonista del nuevo camino y el frío era su peculiar adorno. A medida que avanzaban, sentían como la escarcha congelante que se reconstruía en cada paso, se adornaba en varias partes de sus cuerpos. Damon miró echó una ojeada a su espalda para cerciorarse de que sus compañeras de viaje estaban bien. Se estremeció al ver que el cuerpo semidesnudo de la sirena estaba dibujando en su piel un color morado. Sus labios de tentación se agrietaban ante cada temblor de escalofrío. Y su pelo rojizo estaba siendo bañado por el hielo húmedo. Damon no pudo resistir sentir pena por ella, así que se acercó, dejó su arco un segundo en el suelo y se quitó su camisa. Cogió las manos de la sirena y puso la prenda en ellas.
        -Póntela, te sentirás mejor –le sugirió.
        -Te congelarás a medida que vayamos avanzando. No puedo aceptarlo –dijo, cogiéndole su mano y volviendo a dejar en ella su camisa-. Al fin y al cabo, mi vida no es tan significativa. Estoy maldita –comentó, desviando la mirada.
        Damon le cogió la barbilla e hizo que mantuviese sus ojos en los de él.
        -Estás maldita pero no muerta. Mientras sea así, tu vida sí tiene un significado –le alcanzó nuevamente su camisa a sus manos-. Póntela. Créeme, he sobrevivido en lugares más insólitos que éste –al finalizar su generoso gesto, recogió su arco y continuó el camino.

        Ante cada paso, el silencio parecía ser cada vez más ruidoso. En la lejanía un susurro se percibía. Sin embargo, nadie era capaz de escucharlo. Damon no dejaba de apuntar con su arco a todas aquellas sombras que, aparentemente, parecía ser un nuevo enemigo. Pero, únicamente, se trataba de un engaño. La eterna soledad era la auténtica compañera del camino. Cualquier soplo de fría ventisca se consolidaba como el rehén de la locura. Tras el siguiente paso, decidió una vez más, mirar a su espalda para ver cómo iban trascurriendo las andadas de la vampira y la sirena. Al hacerlo, la desesperación se trasparentó en su mirada. Ambas habían desaparecido. No había rastro alguno de donde podían estar. Totalmente asustado decidió ir tras sus pasos y volver en ellos. Y, ni la más mínima sombra se apreciaba, no sabía a dónde habían ido a parar. De repente, unos pasos se escuchó tras él. Damon mostró una rápida respuesta y se volteó para ver qué era lo que estaba sucediendo. Su aliento se congeló al igual que su inesperada expresión.
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