• Palabra de Sirena

         Estaba despertando de un profundo sueño. Se sentía rejuvenecido y el olor fresco que desprendía las hojas de los árboles le estaba ayudando para poder abrir, con un poco más de rapidez, sus ojos. Poco a poco iba distinguiendo el entorno y a medida que se iba aclarando, se empezó a dar cuenta de que estaba siendo muy observado. La sirena y Míara contemplaban su recuperación. Damon vio que el tiempo era agradable y el sol lucía entre los grandes árboles. No sabía cómo había logrado escapar de Verium, ni tan siquiera, si estaba totalmente seguro de que lo que estaba pasando en este momento era con seguridad la vida real o un sueño. Tal vez se había quedado atrapado en una profunda ilusión y tendría que vérselas solo para salir de ella. Si es que en algún momento diese alguna opción de escapar de ahí. O simplemente, la suerte se puso esta vez de su lado y optó por darle una oportunidad. Damon levantó una de sus manos y tapó con un pequeño gesto la intensa luz que llegaba hasta sus ojos. Gracias a la ayuda de Míara y la sirena pudo sentarse. Apreció la bonita flora y observó como la vampira le regalaba una sonrisa.
         -Parece que estás bien. ¿Te duele el cuerpo? –preguntó con la intención de ayudarle.
         -No, me encuentro bastante bien –respondió extrañado después de haber sentido todo ese malestar que le llevó a sumirse en la oscuridad-. ¿Cuánto he dormido?
         -Toda la noche y parte del día. Yo me he quedado vigilando mientras ambos descansabais –objetó la vampira.
         -¿Te encuentras bien? –le dijo Damon a la sirena.
         -Sí. Cuando he despertado vi que tú aún no lo habías hecho y decidí esperar junto a Míara a que avivaras –comentó, detallando en sus labios una encantadora sonrisa-. Por cierto… -añadió mientras se quitaba la camisa que una vez perteneció a él-. Muchas gracias. No te la puse mientras dormías porque no quería interrumpir tu sueño –dijo con simpática expresión mientras se la entregaba. Sin querer acarició sus manos y sus mofletes se sonrojaron con ternura.
         Míara bajó la mirada, interpretando un dolor irascible en su corazón. Últimamente, no entendía el por qué se abalanzaba de esa forma tan irracional ese sentimiento en su cuerpo. Con cariz bajo, sintió como unas manos le subía el mentón.
         -Gracias por salvarme la vida –le dijo Damon.
         -Es lo menos que podía hacer. En otro momento, tú salvaste la mía –contestó sirviendo al entorno de una magia desconocida-. Ya que estás bien, tenemos que ponernos en marcha –nada más finalizar se puso en pie y miró los diferentes senderos que tenía a la vista.
         La sirena ofreció su ayuda para que Damon pudiese levantarse. Éste la aceptó y se alzó con facilidad. Se puso la camisa y cogió su arco. Fue en trayectoria a Míara para saber qué era lo próximo que se avecinaba.
         -Ahora, una vez atravesado la neblina de Verium ¿Por dónde tenemos que ir?
         -No me conozco esta zona. Creo que estamos en manos del destino –expuso mirándole con atención.
         Damon observó el bosque y cada uno de sus rincones parecía una misma copia. Andar por un lugar así resultaba un tanto desconcertante.
         -Antaño, recuerdo haber andado por estas tierras. Creo que conozco el camino más seguro para llegar hasta la Ciudad Eterna –expuso su caridad la sirena.
         Míara se volteó y arqueó una ceja.
         -Francamente, ¿crees que nos vamos a fiar de ti?
         -No tenéis otra opción más fiable que confiar en mí –aseguró, firmando un acierto en sus palabras.
         -Bien, vamos por donde dice –expuso Damon.
         Míara le miró horrorizada.
         -¡Estás loco! Ya has visto lo fácil que lo tiene la oscuridad para camuflarse en un alma maldita. ¿Quieres poner nuestro camino en peligro?
         -No sabemos cómo llegar a la Ciudad Eterna. Ella nos puede ayudar. Caminar a través de la intuición puede ser el mayor de los errores –dijo dando un paso hacia la sirena.
         -¿Quién no dice que nos pueda engañar? –preguntó recelada la vampira.
         Damon se acercó a ella y le susurró al oído.
         -Viniendo con nosotros es menos probable ¿No crees?
         Míara dejó aflorar una media sonrisa, perpleja al ver como sus palabras se habían vuelto en su contra.
         Damon, antes de voltearse, le guiñó un ojo y, luego, se puso frente a la sirena.
         -Bien ¿Por dónde debemos ir?
         -El camino más corto es el que atraviesa ese sendero –expuso, señalando con sus manos el lugar donde debían adentrarse.
         Míara se acercó a ellos con una expresión nostálgica.
         -No parece ser el mejor sendero para partir…
         -Te aseguro que es el menos laborioso –aseguró la sirena.
         Damon y Míara se miraron, al menos un segundo, y asintieron. Tenían que aventurarse y creer en las sabias palabras de una sirena.
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