El Beso Del Destino


“Cuentan que en el bosque de las almas libres, los árboles más longevos guardan en su interior el elixir del destino. Según las leyendas, todos aquellos que en su propia realidad quieran unirse en un corazón mágico deben ser guiados por esa ilusoria situación en la que deben elegir con quién desean pasar el resto de sus días. En el mundo de la eternidad… Muy pocos son los que no encuentran el alma que su espejo refleja” 

     El sol no le dejaba ver las nubes, que bañadas en un extraño color púrpura, se mostraban tímidas antes los ojos de quien aturdido descansa en un pequeño estanque olvidado por la soledad. Nadie que merodeaba a su alrededor, tan siquiera, se ha molestado en mirarle. Todos piensan que está perdido. Su piel sucia por el paso del tiempo, su mirada malgastada y su interno llanto de voz hacen de él un luchador derrotado. Una simpática tela azulada caída de entre las nubes es la única que después de tantos años le acaricia su rostro empobrecido. Entonces, se atreve a alzar la vista para ver qué es aquello que se ha entrometido en su rutinario camino. En sus pupilas un reflejo se dibujó con gracia. Una sonrisa brotó por primera vez desde hacía muchísimo tiempo. Una simpática chica rubia con gesto angelical se había acercado hasta él por alguna razón que no entendía. Le acercó su mano de porcelana y le animó a levantarse. Él no pudo resistirse y obedeció.
     -Menos mal que te he encontrado –dijo la chica frenando sus palabras con una nueva sonrisa.
     -¿A qué te refieres?
     -Ves esto –movió la pulsera de hilos rojos y naranjas que decoraban su mano y le enseñó un extraño símbolo tatuado en su piel.
     El chico miró ese insólito dibujo y volvió su mirada hacia la de ella.
     -Sigo sin entenderte…
     La chica sonrió y le volvió a coger de la mano. Con mucha fuerza le arrastró hasta un pequeño riachuelo sumido en el mágico bosque de las almas libres. Le hizo acercarse junto a ella hasta la limitación que marcaba el principio de donde nacía el agua.
     -Mira… -comentó arrodillándose y señalando con su dedo hacia el agua.
     Él hizo lo mismo como si su sombra fuese y, de repente, en el riachuelo apareció la imagen de un joven que le era difícil de reconocer.
     -¿Le conoces? –le preguntó ella. Él la miró y negó con la cabeza.
     -Eres tú –dijo sonriente.
     -¿Cómo que soy yo? –no daba crédito a lo que estaba escuchando y mucho menos a lo que veía.
     La chica se acercó más a él y tocó con sus manos su cara. Una emocionante sensación le recorrió el cuerpo e hizo que cerrase los ojos por un momento. Hacía mucho tiempo que la felicidad no pasaba a saludarle. Cuando abrió sus ojos, vio en sus manos el mismo dibujo que ella tenía alojada en su piel. También parecía que todo había cambiado. Él ya no era el mismo. Se asustó por un momento y le miró.
     -¿Qué ha sucedido?
     -¿No te das cuenta? El destino me ha guiado hasta ti –calló por un momento tímida y continuó con una pequeña explicación-. Aunque no lo creas, llevo años buscándote. Me sentía sola a pesar de tener un mundo gigante a mi alrededor llenas de personas. La vela que me alumbraba parecía que poco a poco se apagaba. Hasta que un día lo entendí. He nacido para estar contigo… Porque, aunque no lo creas, somos almas gemelas –terminó con otra de sus encantadoras sonrisas.
     -¿Cómo estás segura de ello?
     -Mira tu mano. Tenemos el mismo símbolo. Estábamos destinados a encontrarnos y hoy, por fin, lo hemos hecho –comentó ilusionada.
     -No creo que merezca a alguien como tú. ¿Te has fijado en mí? Puede que la magia que has utilizado me haya cambiado por fuera, pero por dentro sigo siendo ese vagabundo que duerme bajo los árboles –sus palabras fueron encerradas entre uno de los dedos de ella.
     -¿Crees que por estar limpia y vestir con elegancia soy más rica en fortuna que tú? ¿No has escuchado lo que te he contado? –un suspiro formó un duelo entre sus sentimientos-. Siempre he sido una moribunda… Porque el verdadero tesoro lo he encontrado hace unos minutos –su suave mano acarició su rostro.
     Él se dejó agasajar como si de un bonito regalo se tratase.
     -¿Por qué nos hemos encontrado tan tarde? –quiso saber mientras respiraba su dulce aroma.
     Ella se puso muy cerca de sus labios.
     -No te equivoques… Tenemos toda una eternidad que empezar a vivir.
     El último timbre de esperanza fue sellado bajo el cálido beso del destino.
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