• La Morada Mágica

    -Ahora, dile a tus fieras que se retiren… Enséñales que su único refugio es fuera de donde estemos nosotros –expuso como única solución a su salvación la sirena.
    La niña sostuvo una sonrisa en sus labios y la agudizó hasta formar una carcajada.
    -¡De qué te ríes! –exclamó la sirena, apretando con mucha más fuerza el cuchillo contra su piel de ingenuidad.
    -¿No os escucháis? –sus palabras sonaron escalofriantes sin haber derramado ninguna maldad sobre ellas-. Vais a morir tarde o temprano… Lira ha creado un ejército de vampiros y hombres lobos capaces de dominar el mundo. La vida en cada uno de los siete reinos está siendo absorbida por la oscuridad –finalizó con un suspiro alborotado por un escalofrío.
    -¿Qué sabes de Lira y sus súbditos? –en los ojos de Míara se dibujó la desgracia.
    -No sé más que lo que ya os he dicho.
    -Claro que sí sabes más… -murmuró casi a escondidas, Damon. Se acercó hasta ella y le agarró la mano. Un poco de ira mezclada con impaciencia hizo que la niña bajase del licántropo de un empujón.
    -Vamos, acaba conmigo… ¿A qué esperas? –protestó dolorida.
    -No… La vida ya lo hará por mí –le comentó, flexionando sus piernas y quedando a la misma altura que ella-. Tú vas a ayudarnos –ordenó mostrando una sutil sonrisa. Se levantó y fue rumbo hacia un gigantesco árbol decorado por unas hiedras. Cogió unas cuantas y volvió al lugar que abandonó por unos segundos. Le apresó ambas manos gracias a la dureza de su planta amiga y sus dedos agarraron su vestimenta para ponerla en pie.
    -¡Estás loco si crees que voy a ir con ustedes! ¡Sois una panda de descerebrados! –En poco menos de un segundo su expresión cambió, siendo su mirada la de un ángel-. ¡Me abandonasteis en un horrible lugar! Me regalasteis a la miseria.
    -No me subestimes… Ya eras una miserable –le contestó, Damon.
    Los ojos se le endemoniaron ante el rugido del silencio. Sus colmillos ocultos entre sus labios de porcelana se dejaron ver por la sutileza de un gruñido.
    -Y ahora, me vas a decir por qué estás aquí –dictaminó como prioridad el jefe del grupo.

     El cielo descargaba su furia contra los seres que andaban bajo su techo de nubes grises y negras. Una disimulada tormenta subtropical parecía estar llamando a la puerta del abismo. El viento se mantenía con una calma curiosa y la naturaleza no quería mostrar su cara más amable. Los aventureros del bosque caminaban sin respiro, intentando encontrar un lugar donde refugiarse. En un tiempo remoto, Damon solía perderse en lugares parecidos. Pedazos de recuerdos salados empezaron a engendrar desde lo más profundo de su corazón. Apasionados como la primera flor que nace en la primavera más hermosa, se atrevieron a recorrer todo su cuerpo hasta llegar a su mente. Una magia mucho más difícil de explicar que la propia de un lugar encantado, conmemoró la emoción en una lágrima alimentada de sentimientos. Gracias a las gotas de agua que caían sobre su piel pudo disfrazar a la melancolía. Miró en un arrebato de vergüenza hacia ambos lados y le pareció que nadie se había dado cuenta de su desliz con el pasado. Caminó sin cesar hasta ver que la cría se paraba con firmeza. Se acercó hasta donde estaba ella muerto de misterio.
    -¿Por qué te has detenido?
    -¿Acaso no te has dado cuenta? –levantó sus manos encarceladas y con uno de sus dedos señaló al frente.
    Damon siguió la dirección que marcaba y en su boca se dibujó el desconcierto. Una impresionante fortaleza, parecida a una indomable mansión encantada apareció como de la nada. Su silueta estaba siendo dibujada por una baja neblina. Los muros que la rodeaban parecían indestructibles. La entrada estaba custodiada por una enorme reja con arcos dorados, enjaulada por una enredadera del mismo color. La lluvia había cesado y en el silencio de la oscuridad, un búho cenizo se dejó ver. Aleteando sus alas con elegancia y casi al mismo ritmo que los pasos de las agujas del reloj, se puso frente a todos. Un sonoro piar se esfumó de su pico de atrevimiento envolviéndolo entre un humo expectante. Entre tanto revuelo una sombra se extendió entre la bruma y pronto dejó al descubierto un inesperado suceso. Un hombre con túnica oscura, melena larga dorada, ojos azules y piel nívea se presentó serio ante todos. Unos guantes negros refugiaban sus manos.
    -¿Por qué estáis aquí? –preguntó sin pestañear.
     Damon no sabía que contestar y quiso salir en su defensa con una cuestión evidente.
    -¿Quién eres?
    -Insensato… Cómo osas preguntar tal desfachatez pisando tierras de magos.
    Los ojos de Damon se iluminaron con la misma intensidad con la que alumbra las humildes estrellas.
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