• Volvemos a vernos

         La suave brisa delataba, bajo su asombro, el invariable hecho de que unos forasteros estuviesen atravesando un lugar sagrado por la locura. El piar descontrolado de los pájaros que andaban escondidos entre la extensa vegetación, aproximaban a una reflexión para los visitantes. ¿Tal vez la propia naturaleza está alertando al hechicero de que unos inconscientes merodean un hogar maldito? Una pequeña sensación de descontrol hizo que Damon diese paso a la desconfianza. Si todo este bosque se suponía que estaba maldito ¿Por qué su alrededor tenía tanto encanto?

         Los pasos sigilosos iban amainando la ruta. Cualquier ruido sin importancia tenía una gran repercusión a su alrededor. La tranquilidad del tímido paraíso encantado por las leyendas no quería adelantarse a la sorpresa. Parecía que esperaba vigilante y contando cada movimiento que se iba produciendo. Damon encabezaba el puesto del líder en el grupo. Su espalda era vigilada por sus dos aliadas. Míara apretaba con esmero su espada mientras la princesa de los mares, gracias a su innata intuición, decidía cuál era el mejor sendero por el que transitar. Avanzaban sin una excesiva ambición por llegar a un lugar en concreto. Pero la situación ya había cambiado. Ahora la naturaleza era la dueña de todo. Damon se paró y observó lo que pronto era obvio que sucedería, la entrada ya se había esfumado sin añadir su dirección y el camino seguía perdido. Míara se acercó a él para apoyarle en su decisión de avanzar. Puso su mano en su hombro y una sonrisa optimista asomó entre sus labios. No había nada por lo que preocuparse, sino mucho por descubrir. La sirena tomó las riendas y adelantó unos pasos más sobre la posición de ellos. Entrecerró sus ojos y guió su mirada hacia unos árboles. Envuelta en duda, se rozó los labios con los dedos de una de sus manos. Sintió una acaricia en su hombro y se volteó.
        -¿Te sucede algo? ¿Te encuentras bien? –tenía la sensación de que algo no iba como, tal vez, se esperaba.
         -Estoy confusa… No estoy segura si estamos haciendo el trayecto correcto –giró su cabeza un poco y en pocos segundos le volvió a mirar-. Creo que estamos perdidos –confesó con labios temblorosos.
         Míara se puso a su lado y arqueó una ceja.
         -¿Cómo que estamos perdidos? –su voz parecía quebrar la paciencia que siempre le ha servido como virtud.
         -Lo que has escuchado –dijo mirándola fijamente-. No estoy segura si debemos seguir por este camino o emprender otro.
         Damon abalanzó sus brazos hacia la sirena, apoyándolos finalmente sobre sus hombros.
         -No te preocupes. Confiamos en ti.
         Una carcajada desafortunada rompió el pequeño momento. Míara le entró una pequeña crisis de arrogancia.
         -El único que cree en que ella nos puede ayudar, en estos momentos, eres tú –expuso enfadada a Damon. Se acercó a él con ojos nostálgicos-. Nos estás poniendo a ambos en peligro sólo por un capricho.
         -¿De qué estás hablando? –Damon no daba crédito a lo que estaba escuchando.
         -Los humanos sois ignorantes. Os pensáis que lo sabéis todo y, en realidad, con cada paso… Con cada engaño –frenó en una reflexión sus palabras-… seguís cayendo sobre los mismos errores.
         Damon no entendía en absoluto lo que la vampira le intentaba decir. Silenció su respuesta porque desconocía qué contestar. Entonces, puso toda su atención en el sendero y tomó su propia decisión. Respiró un poco del aire fresco y en sus ojos de lince se reflejó una luz.
         -Puede que los humanos que tu has conocido, hayan cometido siempre los mismos errores. Sin embargo, deberías darme la oportunidad de equivocarme para demostrarte que, a veces, un error puede ser una buena opción –se acercó más a la vampira y le acarició la mejilla con ternura-. Los vampiros no conocéis a la confianza. En cambio, tú me has demostrado que no todos somos iguales. Por favor, sólo te pido que confíes en mí.
         Míara volvió a sentir esa simpática sensación en su cuerpo con el simple tacto de sus manos sobre su piel nívea. Le miró consternada por su elegante discurso y no pudo resistirse en darle una oportunidad.
         Damon le sonrió y adelantó sus pasos por el camino, volviendo al origen del grupo. Reinante de las circunstancias. Decidiendo hacia dónde seguir. Ambas compañeras reanudaron la marcha. El silencio que se instaló en el ambiente parecía ser la prueba de que alguien, escondido entre sus árboles de misterios, espiaba a los nuevos forasteros.

         Las horas se iban consumiendo por el paso del tiempo y un olor a quemado fue el partícipe de que todo el grupo se parara. Damon escuchó el chasquido de una planta al romperse. Alguien se encontraba cerca y esa extraña sensación de alerta puso fin a la duda sobre que ese ser misterioso rondaba por los alrededores. Extremando todas las precauciones posibles comenzaron a andar con cautela hacia el posible lugar de encuentro.
         La noche estaba cayendo y Míara quiso saber qué se escondía entre las nubes. Cuando el viento barrió el cielo, la luna era la única reinante del cosmos. Estaba completamente llena. A lo lejos se escuchó el aullido de un lobo. Su corazón comenzó a acelerársele como si un reloj estuviese dando la señal de que una terrible bomba iba a explotar. Vio como Damon empezó a apartar con fuerza los arbustos que le impedía el paso. Todos sus sentidos estaban siendo conectados de una forma muy recuente. Un escalofrío infernal recorrió su cuerpo. Corrió lo más rápido que pudo y alzó su mano para agarrarle el hombro y echarle hacia atrás.
         -¡No podemos pasar por ahí! –exclamó la vampira, llegando tarde a su buen intento de no sobrepasar esos arbustos.
         -¿Qué sucede, Míara? –Damon le miró preocupado. Sabía que algo había presentido.
         Los pasos de unas fieras patas rompió con todo el silencio. Frente a ellos, una abrumadora neblina guardaba un rugir bastante conocido para Damon. De su manto blanco apareció unos ojos rojos. Míara agarró con fuerza su espada y Damon apuntó con su arco. Observó que la sirena estaba muerta de miedo. Recordó que guardaba un cuchillo colocado próximo a su cintura. Lo cogió y se lo dio a la sirena para que se protegiese. Luego, volvió su mirada a la espesa niebla y se impresionó al distinguir dos nuevos pares de ojos rojos. El sonido del interpretativo chasquido de una planta al ser aplastada, retornó de nuevo. Aunque… Esta vez no parecía ser eso precisamente. Se parecía más bien al sonido de unas cadenas. De repente, una dulce sintonía se apreció. Damon y Míara se miraron, pues de algo le era familiar. La niebla empezó a dibujar la silueta de la bestia. Y la sorpresa vino acompañada por la impresión. Los tres licántropos estaban encadenados y sucumbían a la orden de alguien conocido.
         -¿Cómo demonios has conseguido llegar hasta aquí? –Damon se quedó atónito.
         -Vaya… Debiste matarme cuando tuviste la oportunidad, viejo amigo –comentó, añadiendo una sonrisa bajo la cual mostró unos pequeños colmillos-. Pero, debo darte las gracias. Porque ahora ya no soy tan estúpida como lo era antes… ¿Qué les parece si volvemos a jugar? –dijo, desatando de su condena a los hambrientos licántropos. Parecía ser que esa niña, que una vez abandonaron a su suerte, se había convertido en un ser mucho más despiadado.
  • 2 comentarios:

    1. ¡Un gran relato de nuevo amigo! y vaya final más sobrecogedor.. ¡bravo!
      ¡Un abrazo!

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      1. ¡¡Muchas gracias Hammer Pain!! Un gusto leer tu comentario :) Me alegra muchísimo que haya sido tan sobrecogedor e intrigante ¡¡Espero que sigas soñando cada vez más con este blog!! Saludos y abrazos amigo

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