El Coleccionista de Corazones

     


     Hace tiempo me contaron que cuando te enamoras, el sol parece más luminoso y la luna nunca deja de brillar. Que cuando sientes que esa parte de ti que voló buscando un nuevo nido, resulta que realmente nunca se ha ido sino que te estaba buscando. Una vez escuché a alguien comentar que el amor es como un águila furioso. Siempre en vigilia, esperando atento hasta encontrar a su presa y cuando por fin selecciona a su antojo, te desgarra sin poder detenerle. Fue bastante gracioso escuchar las palabras de su acompañante. Una hermosa sirena de ojos gigantes, con un brillo tan bello que se podría asemejar a una estrella, y unos rizos que delataban su aroma de enamoramiento. Sus labios simpáticos dejaron escapar un suspiro para pronunciar las palabras que no puedo olvidar cada noche. “¿Sabes por qué piensas así? Porque no has conocido el amor del que tanto hablas. Pues si lo hubieses hecho, por muy doloroso que hayan sido sus pasos en tu camino, sabrías cual valioso es su corazón de sueños” Sí, un corazón de sueños. ¿No te parece mágico? A mí me encantaría encontrar a ese ser que compra corazones y te regala un sueño. Ese gigante espejismo que todo el mundo quiere y cuesta conseguir… Me encantaría sentirme como si cada día viviese en una bonita mirada. 

     La mañana vestía su mejor sonrisa y en los árboles la dulce sintonía de los pájaros cantarines despertaba a los habitantes de Félia (una impresionante civilización construida dentro de una inmensa muralla elaborada por los dioses). Según cuentan los libros que hablan sobre su historia: hace cientos de siglos una cruel maga llamada Respurik hechizó cada rincón del mundo, dejando como único lugar habitable Félia. Perdonó sólo a aquellos que creían en el amor verdadero. Maldiciendo a todos los demás que nunca quisieron probar el dulce néctar del amor. Desde entonces, tras la muralla únicamente existiría la devastación del alma porque quién la cruzase estaría maldito por la mayor de las desgracias: Seguir respirando sintiendo como su corazón late sin la esperanza de cumplir su sueño.

     Keryan paseaba solitario por el bosque, reservado ante cada uno de sus pasos. Se dirigía a su escondrijo secreto y no quería que nadie supiese de la existencia del mismo. Era en el único lugar de toda Félia donde podía estar a solas consigo mismo. Se paró frente a un gigantesco árbol y mientras volvía la vista atrás para asegurarse de que nadie le veía, abrió con una de sus manos una pequeña puerta de madera que parecía haber surgido como por arte de magia. Pero este pequeño refugio había sido utilizado por su abuelo desde que él era muy pequeño y su secreto estaba siendo bien guardado. Keryan se acercó a la pared y una carismática sonrisa se desprendió de sus labios. Miró atónito a todos esos cuadros pintados con sus propias manos. En cada uno de ellos salía una hermosa mujer que nunca antes había visto. Cada día se preguntaba cómo podía llegar a pintar algo que no conocía –o más bien a alguien que nunca había visto-. No tenía la más mínima idea de quién podía ser, pero en su interior una revolución de mariposas incapaces de salir, volaban en su estómago sin dirección alguna. Keryan se acercó a uno de sus muchos lienzos en blanco y empezó a pintar sobre él. Se intuía cuál iba a ser el tema a destacar y, a pesar de no ser novedoso, nunca le aburría. Cuando ya faltaban unas últimas pinceladas para terminar la obra, Keryan escuchó un sonido bastante extraño que provenía del bosque. Curioso por el inesperado acontecimiento que estaba sucediendo, se decantó por descubrir de dónde venía. A medida que se iba adentrando en su revolucionario tormento de ruidos extraños, ante cada paso más veloz se hacía notar, hasta que finalmente llegó hasta la gran muralla. Keryan posó con mucho cuidado una de sus puntiagudas orejas. Ese peculiar sonido se escuchaba al otro lado. Miró la altitud de la gran muralla y la realidad puso más énfasis sobre la locura que la propia curiosidad. Bastante cerca de donde él se encontraba, una ardilla astuta excavó un hoyo en el que se metió para dibujar un laborioso camino que llegaba hasta el otro lado. Keryan recordó por un momento la historia que desde niño le hicieron conocer sobre la maliciosa maldición y echó unos pasos hacia atrás. Cuando se volteó completamente volvió a escuchar esa frenética banda sonora. Entonces, pudo distinguir su esencia: lo que estaba escuchando era el latir de un corazón desesperado. Retomó sus antiguos pasos y puso sus rodillas sobre la fría tierra. Sus manos cavaron hasta lograr llegar hasta el otro lado. El joven observó el entorno y cayó en la conclusión de que el otro lado no era tan distinto a Félia. Simplemente, unas duras rocas vestían a la divergencia. Los bravos latidos dejaron de retumbar en sus oídos y frente a sus ojos un apacible lago se dejaba apreciar. Keryan se acercó sigiloso hasta él y pudo ver su rostro reflejado en el agua cristalina. Inmerso en un pequeño pensamiento, se asustó al ver que a su lado se dibujó la imagen de una chica hermosa.
     -¿Quién eres? –preguntó desconcertado.
     -Llevo vagando por este bosque tanto tiempo que ni yo misma podría responderte a esa pregunta.
     -¿El corazón que escuché es el tuyo?
     -¿Qué es eso?
     Keryan se quedó helado al escuchar su pregunta, ¿cómo no iba a saber qué era un corazón?
     -Jamás lo sabrá porque no lo tiene –interrumpió una voz a sus espaldas.
     Keryan se quedó más estupefacto al ver a un ser consumido por la magia, con una expresión propia al sarcasmo y afortunada en picardía.
     -Tal vez estabas buscando esto –dijo a la vez que hacia aparecer en sus manos un corazón resonante.
     -¿Qué eres?
     -Siento mi poca educación, mi nombre es Respurik y algunos me conocen como el coleccionista de corazones.
     -Pero… Tú tendrías que ser una poderosa hechicera y no un escuálido ser mágico –expuso atónito.
     Respurik se acercó a él y le susurró al oído.
     -A veces la historia es escrita por aquel que no cuenta la realidad. No deberías creer todo aquello que te imponga tus ojos –terminó con una espeluznante sonrisa.
     El ser se dirigió a la chica y la situó frente a Keryan.
     -Dime, ¿no te suena de nada?
     Keryan la miró fijamente y recordó que en todos sus cuadros era a ella a quien pintaba.
     -Eres tú… Eres la que me sorprendes en mis sueños y me arrebatas los suspiros. La que pinto a cada momento porque no puedo quitarte de mi cabeza. Aunque no pongo esmero en hacerlo –dijo sorprendido.
     -Ella no puede sentir nada porque su corazón me pertenece. No puede reconocerte y mucho menos quererte… Si quieres que se lo devuelva, tendrías que regalarme el tuyo.
     -¡No, no lo hagas! –exclamó la joven.
     Respurik tapó sus labios con unas enredaderas mágicas que aparecieron al sopló de un chasquido de sus dedos.
     Keryan se acercó a la chica y le sonrió.
     -No te preocupes, no hay nada que pueda pasarme.
     Se puso frente al ser mágico y aceptó el trato. Éste puso su mano sobre su pecho y el corazón que latía con furor volvió a su antiguo refugio y el de Keryan apareció en su mano embaucada de maldad. Respurik desapareció dejando tras su despedida una carcajada de entusiasmo.

    Tras varios años de insoportable incertidumbre sobre si algún día podría volver a sentir algo en su interior. Keryan no cesó en ir cada tarde a su morada de ensueño junto a su musa inspiradora. A pesar de no poder expresarle con palabras todas las estrellas que estaría dispuesto a entregarle, por fortuna, en sus lienzos podía dibujar todo el amor que ningún hechizo pudo arrebatarle. Porque, al fin y al cabo, su sueño siempre fue encontrarla para que nunca nadie pueda separarla de su lado.
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