Sé que puedo encontrarte...



Sé que me dijiste que nunca me atreviese a hacerlo… Que si algún día ocurría… 
Que jamás lo intentara. 
Pero yo quiero que entiendas, que gracias a esto, no puedes olvidarme. 
Porque nadie puede borrar las palabras que se escriben dentro de mi corazón. 
El silencio es confuso y las miradas desorbitadas, 
Ellos creen que no existes. 
En cambio, yo… sé que puedo encontrarte. 

     La luz resplandeciente que entraba por la ventana de una diminuta casa de madera, despertó a su bella doncella. Eila alzó una de sus manos para llevársela a la cara. Con mimo y entusiasmo se acarició los ojos. Había vuelto a soñar con ese desconocido que un día entró en sus sueños para no volver a irse. Un ruido en el exterior le hizo recordar que la dormilona había cesado y tenía que ir a trabajar al bosque. Muy rápida bajó de la cama y antes de que sonara el estruendo de un rayo, se vistió. 

     El aroma de las plantas que se extendían como agua que fluye por el río, se le antojó extraño. Eila era capaz de reconocer esa dulce fragancia, sin embargo, no tenía ni la más mínima idea de por qué sabía de ella. Se dejó guiar por su suave olor a albaricoque y con mucha precaución iba salteando las raíces que brotaban de los árboles milenarios. Hasta que después de tanto andar llegó a un pequeño descampado. Era bastante curioso porque no había nadie en él. Los pájaros la observaban desconfiados desde las ramas perdidas de la arboleda. El aire se había paralizado y, tan siquiera, la voz de un espejismo se dejó escuchar. Eila desconcertada se volteó para volver sobre sus pasos. Pero un sonido propio a la de un minúsculo alboroto se formó a su espalda. Asustada quiso saber de qué se trataba. Una inesperada sorpresa parecía estar llamando a la puerta de la curiosidad. Despacio y mirando a ambos lados fue yendo hasta ese imprudente acontecimiento. Sus pasos pararon para poder recoger de la hierba lo que parecía una carta sellada con sangre de dragón. La abrió con mucho cuidado y sus ojos se iluminaron como dos estrellas fugaces nada más leer su contenido. Con la alegría propia a la de un gran descubrimiento, corrió emocionada hacia su cabaña. 

     Las horas se consumían ante el espantoso paso del tiempo. Eila no cesaba en la búsqueda de las demás cartas enviadas. Han pasado más de veinte años desde que una horrible bruja la encerrara en las entrañas de un bosque, haciéndole olvidar toda su vida pasada. La envidia se había apoderado de su corazón oscuro y la añoranza de conquistar almas en duelo era lo que le hacía ser malvada. A pesar de estar perdida entre multitud de recuerdos que no le servían para nada, bajo sus pies un tablón hueco cantó una bella melodía. Más rápida que el tarareo del viento, se arrodilló y con todas sus fuerzas intentó levantar el listón. La sed de conocimiento hizo que llegará el optimismo y, sin más, abierto quedó. Eila se echó las manos a la boca al ver que en tal mísero escondrijo no había nada. Aún así, su intuición le aclamaba. Acercó uno de sus dedos al hueco vacío y una luz dorada tomó presencia en toda su habitación. Del brillo cegador se pudo distinguir miles de cartas atadas con una cinta roja. Eila las cogió y se quedó el resto del día ordenándolas. Rendido su cuerpo, se desvaneció sumido en el cansancio. 

     Al cabo de tres días sus ojos volvieron a abrirse. Eila podía notar esa incertidumbre que produce una larga siesta. Miró hacia las cartas y pegó un brinco hasta donde estaban. Se habían colocado y unas luces diminutas iluminaron un camino. Eila ni siquiera quiso vestir sus pies para ir por el sendero. Éste le llevó hasta la puerta de su cabaña. Se quedó confusa. Con el ceño fruncido permaneció atónita mirándola. Y no ocurría nada. Cerró los ojos y, entonces, unos golpecitos dio la voz de alarma para que los abriera. Con el corazón desbocado y el alma asustada se dirigió hacia ella. Se armó de valor y la abrió. Tras ella no se encontraba nadie. La desilusión volvió a vestir su piel de princesa hasta que, de pronto, una mano con un fresco olor a albaricoque tapó sus ojos. Una sonrisa se dibujó en sus labios dispuesta a no abandonar a la felicidad. Se impresionó al voltearse y ver a un esbelto joven de ojos castaños con pelo cenizo. Era el mismo que desde hacía más de veinte años se le aparecía en sus sueños. 
     -¿Cómo puede ser? ¿Estoy soñando? –le preguntó equívoca. 
     -No puedes acordarte porque estás bajo un poderoso hechizo. Pero hace mucho tiempo, tú y yo compartíamos una misma vida –contestó sonriente-. Aún no me puedo creer que te esté tocando de verdad –expuso acariciándole el cabello dorado. 
     Eila cogió su mano y se la llevó a su pecho. En él, su corazón no dejaba de latir con mucha intensidad. 
     -Puede que no te recuerde. Puede que lo único que sepa de ti es que te veo en mis sueños… Pero aunque mi cabeza te haya olvidado, mi corazón aún sigue extrañándote –al terminar sus palabras, Eila no pudo resistirse en fundir sus labios con los de él.
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