• Siete Espadas

         El místico mago chasqueó sus dedos, desprendiendo de ellos una pequeña polvareda colorida. Detrás, el estruendo del metal oxidado se resistía a abrirse para dejar paso a su amo. A pesar del esfuerzo, las puertas desgastadas por la eternidad dejaron el sendero libre para recibir a los nuevos visitantes. Damon caminó tras los pasos del mago como un niño envuelto en misterio. Cuando todos entraron en territorio mágico, las verjas encantadas volvieron a chirriar al cerrarse. Damon volvió su mirada para no perderse el acontecimiento y pudo distinguir una capa invisible que rodeaba en toda su amplitud la morada de los magos. El pánico en silencio recorrió su cuerpo. Se le creó un malestar reservado al espanto. El hecho de estar encerrado bajo el control de otro no le suponía ningún alivio. La magia suponía un don muy difícil de manipular.

         Una puerta de altura inalcanzable les estaba esperando para ser abierta. Su vestido de madera con lunares dorados dejaba con inquietud a sus visitantes. No se decoraba de ningún llamador o picaporte y su semblante seria cortaba la respiración. Unas antorchas mágicas alumbraban el paso, levitando entre los humildes pasos de los huérfanos caminantes. El mago se acercó a la monumental puerta y frunció el seño. Parecía que estaba buscando algo oculto ante los ojos de los espectadores. Damon se aproximó a él. Quería saber qué era lo que con tanta concentración estaba inspeccionando.
         -¿Qué es lo que sucede?
         El mago giró su cara para mirarle despreocupado.
         -A veces olvido cuál es el símbolo que tiene en mente el supremo –dijo mientras volvía a mirar con atención a la puerta.
         Damon observó con detenimiento y su boca se asustó por el descubrimiento. Un sinfín de imágenes talladas en la madera se distinguían, sumergiendo en una infinita duda a quién era capaz de verlas. Atónito intentó descifrar cuál de todas las posibles claves podía ser la buscada. Sus ojos no cesaron hasta encontrar una que le llamó frágilmente la atención. Un pequeño círculo condenado por siete espadas llenó de luz a su mirada. Damon levantó su mano y acercó sus dedos hasta él. En cada paso de acercamiento, la magia que desprendía voló hasta llegar a sentirla en su corazón. Una peculiar conexión se estaba formando, sin entender por qué estaba sucediendo. Al final llegó a tocarle y un singular destello iluminó sus ojos. La puerta comenzó a desquebrajarse y en mitades se dividió. Un salón encantado esperaba para ser visitado por sus nuevos inquilinos. Su piel dorada y escaleras colosales daban la bienvenida a todo el grupo. Antes de dar un nuevo paso, el mago se puso frente a Damon con expresión de circunstancia.
         -Dime ¿Cómo sabías que ese símbolo era el que daba vereda al castillo?
         -No lo sé… Supongo que lo intuí –contestó absorbido por la duda.
         -Impresionante. Parece que tienes mucho misterio que contar, humano –expuso añadiendo una aureola enigmática. Se giró hacia la entrada de la impresionante estancia y sacudió sus palmas.

         En cuestión de segundos, una veintena de magos aparecieron como por arte de magia. Vestían unas túnicas negras con bordados dorados y eran físicamente más viejos. Reposaban tranquilos y expectantes sobre unos sillones de oro. Sus melenas largas y maltratadas por el tiempo se dejaban ver, sin vergüenza alguna de mostrar sus pocos encantos. Y uno de ellos disfrutaba absorbiendo el humo cálido de una pipa de madera.
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