• Cierra los ojos...

         Damon iba caminando sin rumbo alguno. No tenía ni idea de a dónde iba a conducirle el lóbrego sendero escogido. De lo que estaba realmente seguro es que en algún lugar tenía que terminar sus pasos de angustia. Su mente ensordecida por sus pensamientos no dejaba de atormentarle. No podía ser que el peso de toda una batalla que nunca pretendió empezar cayese sobre su espalda. La lógica parecía no estar jugando en el mismo campo de batalla que él. La traición de sus escasos recuerdos se disfrazaba de dagas, apuñalando su acorazado corazón. ¿Cómo iba a recuperar su pasado si existían fuerzas oscuras que podían arruinar su presente? Él sabía perfectamente las de barbaridades que conlleva ser partidario de una guerra. La vida vuela en aviones de papel empujados por un pequeño soplo de viento sin magia que cure las heridas. Nunca hay ganadores, todos son perdedores. El silencio comienza a hablar y nunca comenta palabras agradables. Un nostálgico segundo se convierte en eternos amaneceres ocultos bajo bombas mágicas de desenfreno. Ningún reino tendría libertad si algo así sucediese. A veces, por injusto que parezca, es mejor vivir en una sombra que en la inmensa oscuridad. Mientras revoloteaban sus miedos por su cabeza el final del camino apareció y un bonito jardín, desde donde se podían ver las estrellas acompañando a la luna llena, hizo su acto de presencia. Damon se acercó a un fino banco tallado en mármol y se sentó. Primero, fue un suspiro lo que expulsó desde lo más profundo de sus pulmones para acto seguido mirar con ojos llorosos a la diosa de los hombres - lobos. La luna brillaba con mucha intensidad, bañada por los aullidos de los licántropos. Debían de haber miles ahí afuera porque no dejaban dormir a la noche rota. Alzó unas de sus manos y dibujó con su mano una peculiar forma, siendo capaz de envolver entre sus dedos a la luna. Una imagen vino a su mente inundando de sentimientos a su corazón. Un olor familiar con sabor a caramelo le absorbió sus sentidos, haciéndole cerrar los ojos para aflorar de sus labios una sonrisa. Una silueta de tacto conocido se sentó a su lado, figurando en su rostro serio una tranquilidad inmensa.
         -Necesitaba estar solo.
         -En ocasiones, la soledad es necesaria. Pero cuando llevas tanto tiempo abrazada a ella te preguntas por qué no has decidido rechazarla. Nunca te das cuenta de hasta dónde puede llegar… -dijo conmovida, Míara.
         -¿Crees que yo soy… el que tiene que salvar a todos esos reinos de su destino?
         La vampira le miró y tocó sus manos.
         -Nunca lo he probado en humanos. No te asustes –le comentó sonriente.
         Damon a pesar de la advertencia, tenía la curiosidad a flor de piel y los nervios con aires agitados.
         -Escúchame. No voy a hacerte daño.
         -Ya lo sé…
         Se relajó un poco y se entregó completamente a lo que le pidiera.
         -Cierra los ojos –le comunicó mientras hacia lo que había ordenado-. Ahora quiero que pienses en aquello que tanto te atormenta.
         Damon se aferró a sus desordenados pensamientos hasta que al fin delató, sin apenas hacer nada por evitarlo, a su inconsciente. Empezaron a aparecer muchas imágenes en su mente sobrevolando a su antojo. Su corazón empezó a latir con desenfreno y su cabeza parecía querer estallarle. Muerto de miedo y alterado por el dolor decidió ponerle fin a la situación. Abrió los ojos y se encontró con aquello que ni la imaginación podía ser capaz de crear.
         -¿Dónde estamos?
         -Esto… es tu mente –le confesó, Míara.
  • 5 comentarios:

    1. LOS SUEÑOS SON... SIN DUDA... EL MOTOR DE MI VIDA

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      1. Así es como debe ser siempre Susana :)
        ¡¡Buenas noches soñadora!!
        ¡¡Muchas gracias por el comentario!!
        Saludos :D

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    2. buenas noches los sueños nos hacen vivir gracias Tómas Dagna

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      1. ¡¡Muchas gracias Isidro Cristobal por tu comentario!! Me alegro de que así sea :) ¡¡Y a seguir soñando por siempre soñador!! Saludos y un abrazo :D

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    3. excelentes palabras, una parte muy bonita de la trama, aunque me causa cierta aflicción, o ligero dolor, felicidades

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