• Cuento 9: La Reina de los Olvidados

         Hace tiempo que intuyo la vida sin el placer inevitable de una mágica lectura. Encerrada bajo el mandato de los que respiran la delicia de su libertad incubierta, me encuentro sola entre paredes bañadas por leyendas. Las húmedas rocas consoladas por la letras olvidadas son las que desde hace una década me dan cobijo en un lugar plagado de desconocimientos. Según la Gran Dama: Leer sólo sirve para llenarte el cerebro de fracasados genios que nunca llegaron a delatar en sus palabras nada útil para su pueblo. Un doloroso pensamiento que engruñe toda la ingenuidad que brota de su lengua víbora. Mientras tanto… Los humildes impacientes esperamos a que un buen día aquello todo aquello de lo que hablan esas leyendas nos ayuden a escapar de sus zarpas venenosas y lograr alcanzar lo que tanto le da miedo que encontremos. Aún esperamos ese momento en que el deseo no sea más que la misma realidad.

         Geila no se había dado cuenta de lo tarde que se había hecho. En realidad nunca ha sido perezoso el paso del tiempo. A penas recuerda la última vez que la libertad tocó sus rejas de hierro y le dejó respirar su dulce aroma. Entre los finos barrotes por el que entraba el aire fresco se escuchó una escandalosa celebración. Geila decidió acercarse a su pequeña cama desnuda y se alzó para poder ver que era lo que la Gran Dama estaba preparando. Una multitud de personas refinadas con elegantes atuendos y presencia holgada de indudable sabiduría estaban celebrando una espectacular fiesta. Todos acompañaban a la Gran Dama de halagos y buenas formas por haberles invitados. Sabían perfectamente que los curiosos recluidos en las torres de palacio estaban viendo todo su festín y parecía no importarles mostrar sus riquezas antes los ojos de los más necesitados. Geila suspiró envuelta en una furia. Quitó la vista del espectáculo y se sentó en la cama susurrando demonios entre dientes.
         -Geila, tranquilízate. No vas a conseguir nada poniéndote así –dijo una voz desde la celda de al lado.
         -No puedo evitarlo, me sacan de mis casillas. Da la sensación de que son superiores sin ser nadie –comentó disgustada.
         -Tú misma lo has dicho… La Gran Dama lo único que busca es halagar a otros con su mismo poder de persuasión. Se creen más sabios, sin embargo, dudo mucho que hayan leído un libro en su vida.
         -Déiniz… -así es como se hacía llamar el misterioso encarcelado-. ¿Será verdad lo que cuentan sobre esos libros? ¿Será cierto que existe?
         -¡Claro que sí! –exclamó emocionado-. Lo único que tenemos que hacer es esperar. La paciencia es la virtud de los luchadores –expuso esfumándose una sonrisa en un hilo de voz.
         -¿Hasta cuándo hay que seguir esperando? Creo que llevo una década aquí encerrada… Y no siento que nadie me escuche –dijo apenada.
         -Yo siempre lo hago…
         Geila sonrió y se levantó de su cama. Fue caminando hacia los barrotes de su celda y estiró su brazo para llegar hasta la otra celda. De ella salieron unas manos que abrazaron a las suyas.
         -Prométeme que cuando llegue tu momento vas a hacer lo imposible por traerlo hasta aquí –el chico buscó desesperado el fiel rostro de su palabra.
         -Eso no lo dudes. No voy a permitir que nos tenga aquí cautivos diez años más –mostró una inmensa firmeza en su voz, tanto que Déiniz absorbió un soplo de esperanza.
         De repente las luces se apagaron. Geila intuyó que debía ser la media noche. Las normas de la Gran Dama era que los renegados durmiesen cuando la mágica luna llegase al punto más elevado dentro de la fulminante noche. Entre carcajadas se le escuchaban galardonarse de bondad al ofrecerles a los pobres ilusos las suficientes horas de luz establecida para los ignorantes. Geila fue hasta su cama y se recostó. El aire frío que entraba por la ventana hizo que se refugiase entre sus brazos. No tenía sueño pero sabía que debía dormir. Cerró los ojos y un minuto en la plena oscuridad le pareció asfixiante, no obstante, no tenía ninguna necesidad de abrirlos para ver el espacio absorbido. En un efímero pestañeo, una esplendente luz dorada iluminó un pequeño ladrillo frente a su cama. Impresionada –y a la misma vez asustada- decidió que debía acercarse. Cuando se aproximó al sospechoso acontecimiento, la piedra iluminada cayó al suelo avistando un pequeño hueco. Sorprendida, Geila se agachó y miró tras él. Pero no había nada. En menos de un suspiro, del mísero hueco sin vida brotó una diminuta luz que se elevó revoloteando por su celda. Hasta que finalmente se paró frente a ella.
         -Hola Geila, soy el hada de los deseos.
         Geila no podía creerse lo que estaba escuchando. Se tapó la boca para no dejar salir un fuerte grito de alegría.
         -¿Entonces, existes?
         -Visito cada década a todo aquel que de veras tiene intención de luchar por sus sueños… Y por lo que puedo ver, no has parado de buscar el camino hacia la felicidad. Mereces que te den una oportunidad –le comunicó el hada.
         -¿Y qué debo hacer?
         -Tienes que venir conmigo hasta la llanura de los dragones. Allí te diré qué debes hacer para solicitar tu deseo.
         -Pero… ¿Cómo voy a salir de aquí?
         El hada disimuló una delicada sonrisa y cogió con su mano la varita mágica. La agitó con suavidad, cubriendo de polvos mágicos a su nueva amiga. Geila comenzó todo un proceso de transformación hasta alcanzar la diminuta estatura del hada.
         -Vaya, ahora soy como tú –dijo atónita.
         -Ven, es por aquí –le señaló la salida por el agujero.

         Geila nunca pensó que para llegar hasta las inmediaciones del lujoso castillo tuviese que caminar tanto. Cuando parecía que estaban lo suficientemente lejos de la monumental fortaleza, el hada se volteó mirando a Geila y agitó su varita. Entonces, la joven empezó otro proceso de transformación, brotando de sus cenizas. Volvió a su altura original siendo guiada por el hada entre los frondosos árboles del bosque.
         Tras varios minutos de extensa caminata, en el frente se podía observar unas altas llanuras rocosas. Se vestían de puntiagudas montañas y, a pesar de la lejanía, unos bravos rugidos se apreciaban como si fueran los dueños del aire. Geila frenó sus pasos y se llevó una de sus manos al pecho. Su corazón empezó a latir nervioso. Presentía que nada bueno iba a pasar si seguía avanzando.
         -Vamos. ¿No querrás echarlo todo a perder después de haber esperado tanto tiempo, verdad? –intentó animarla el hada.
         -Tengo miedo… -Eso es algo con el que vivimos cada uno de nosotros, pero no podemos dejar que sea el motor de nuestra vida. ¿No has pensado por un momento de que si te he elegido a ti es porque sé que puedes conseguirlo?- el hada le sonrío y añadió-. Te aseguro que suelo ser bastante intuitiva en mis elecciones.
         -La intuición no siempre acierta –expuso desconcertada.
         -Sí para quien sabe utilizarla –le dijo picándole un ojo-. Tienes lo más importante, Geila. Las ganas de luchar por aquello que más deseas. Al valor nunca le ha ganado la incertidumbre –comentó ampliando su sonrisa blanquecida.
         Geila guardó todo el aire que podía almacenar sus pulmones y lo soltó levemente. Miró sus zapatos estropeados por el paso del tiempo y fijó su mirada en línea recta. Cerró su puño y emprendió nuevos pasos de valentía hacia las llanuras.
          Un olor a lava volcánica era la responsable de que Geila le costase respirar a medida que entraba en las llanuras de los dragones. Un nuevo rugido temerario se escapó en el silencio de la noche y tras unas rocas afiladas se escondieron. La joven miró por encima del filo que marcaba el límite y pudo ver, por primera vez en su vida, a un dragón. Tenía los ojos iluminados, una cola enorme roja y unos afilados dientes amarillentos. Un humo amenazador brotó envuelto en furia por sus hocicos, por el cual salió un fortuito estornudo. El dragón miró alterado hacia ambas direcciones y alzó el vuelo. Geila se volteó hacia el hada asustada.
         -¿A dónde ha ido?
         -Sabe que estás aquí…
         Los labios de Geila empezaron a temblar siendo incapaces de detenerse.
         -No te preocupes. Lo que tienes que hacer es coger el libro dorado que protege –le explicó.
         -¿El libro dorado? –se dijo en voz baja, Geila. Miró nuevamente el lugar que dejó libre el dragón y vio lo que nunca pensó que hallaría. Un impresionante libro dorado, reluciente y mágico llamó toda su atención. Había escuchado leyendas sobre él pero siempre pensó que eran falsas. Quién fuese capaz de encontrarle sería la reina de su pueblo, llevándole a la vida del conocimiento.
         -Debes cogerlo y llevártelo contigo hasta el castillo. Ten cuidado Geila, el dragón no te lo va a poner fácil –le advirtió el hada-. Pero como te he dicho antes, sé que puedes conseguir todo lo que te propongas –terminó con una bonita sonrisa. Y sin más desapareció.
         Geila miró al libro y cogió todas sus fuerzas para entrar en zona de dragones. Los primeros pasos fueron tranquilos. El aire acariciaba su cara como si le diese pena dañarla. Sólo unos pasos más faltaban para tener el tesoro entre sus manos, pero la brisa hizo un descanso repentinamente. Geila alzó su mirada y pudo observar al carnívoro más temido vigilando todos sus pasos desde una de las rocas. Con mucho sigilo empezó a acercarse encarando a su enemigo con cierta compasión. Hasta que llegó ese extraño momento en que sabes que huir puede ser la mejor arma para sobrevivir. Una llamarada de infierno dejó escapar por su boca y la joven la salteó con una agilidad que desconocía. Se escondió tras unas rocas próximas siendo absurda toda protección. El animal tenía una habilidad asombrosa para avanzar hacia cualquier parte de las llanuras. La persecución se hizo inminente. Geila no sabía qué hacer hasta que se le ocurrió una idea tan sencilla como ingeniosa. Frente a ella, un increíble agujero que llegaba al otro extremo de las llanuras se descubrió. La joven lo atravesó perseguida por el colérico dragón. A medida que avanzaba en su profundidad, el agujero se iba estrechando hasta que al fin el dragón quedó atrapado y Geila consiguió su objetivo. Volvió a por el libro y lo cogió, llevándoselo consigo.

         Tras horas de camino, sobre la amanecida llegó al castillo. La Gran Dama desconocía que Geila hubiese salido de su celda en la madrugada. Parecía que la fiesta aún seguía viva y fue el momento oportuno para ser interrumpida. Geila se subió a una de las mesas, observando las atentas miradas de todos los espectadores. La Gran Dama fue a recriminarle tal actitud pero sus labios fueron sellados mágicamente. La joven había comenzado a leer su libro dorado. A medida que avanzaba en su lectura, todas las joyas, los elegantes vestidos y los hermosos libros que custodiaban egoístamente los afortunados desaparecieron sin saber a dónde habían ido a parar. Las celdas de los encarcelados se abrieron, pudiendo salir al exterior por primera vez desde hacía décadas.
         La historia empezó a reescribirse de la mano de Geila, llenando de oportunidades y conocimientos a todos los deseosos que sufrieron la maldad del puro egocentrismo. Dejando sólo cabida a quienes estuviesen libre de orgullo y reluciente de humildad. Y desde entonces, en las tierras mágicas de la Gran Dama nació una nueva emperatriz… La que todos llamaron como “La Reina de los Olvidados”.


  • 4 comentarios:

    1. Respuestas
      1. No siempre gana el mal ¡¡El bien también existe!! :)

        Muchas gracias por tu comentario, soñadora :D

        Feliz y genial día... ¡¡Un fuerte abrazo!!

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    2. Hermoso Tómas ,es verdad cuando uno tiene muchas ganas de luchar por sus sueños ,no hay obstáculo que se interponga ¡¡¡,gracias por tantas bellas palabras de animo soñador!!

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      1. ¡¡Muchas gracias, Monica!!

        Nunca hay que dejar de luchar por lo que soñamos, si no luchamos nosotros por lo que nos hace feliz ¿quién lo hará? Mejor mantenerse en vigila y jamás resignarse al miedo :)

        ¡¡Feliz día y un abrazo gigante, soñadora!! :D

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