La Recolecta, Parte II





    Las gotas de agua caían desde el cielo gris pidiendo auxilio. Una fuerte tormenta amenazaba el país de los que aún conservaban la esperanza de un cambio. El aire fresco movió las cortinas coloridas de una habitación asustada. Bajo el silencio de la noche oscura, unos ojos asustados miraban más allá de las estrellas luminosas del abismo. Una duda incómoda resucitó desde lo más profundo de un corazón envuelto en llamas. Expectante y cautiva, sin saber qué es lo que verdaderamente se debe hacer. Cuando una decisión es tomada, la incertidumbre es la primera en visitarte, siendo imposible seguir los pasos sin escuchar antes su voz apagada. Fugaz e inocente. Avisándote de aquello que estás a punto de conseguir… La desgracia o virtud de ese camino que has elegido conquistar.

     El olor de una taza de té fue el causante de que Kelia supiese que había alguien más en su habitación. Intuía por su aroma que sólo llevaba unas pocas horas sin verla y que seguramente había ido a echarle la bronca. No quería que pensara que era una maleducada y puso fin al paisaje volteándose para saludarle. Quedó congelada al ver a una mujer con vestimenta extravagante, un peinado escandaloso y con unas uñas tan largas que se podría adivinar desde cuándo hacía que no se las arreglaba. Entró acompañada de tres hombres con corbata, gafas negras y esmoquin que perfeccionaban todos los rincones de sus cuerpos.
     -¿Quiénes sois?
     La mujer echó una carcajada inocente y se tapó sus labios con la mano. Luego, caminó hacia ella con andares de emperatriz.
     -Pobre niña… -puso cara entristecida y añadió una sonrisa pícara. Acercó una de sus gigantes uñas a su cara para quitarse uno de los mechones y se lo sujetó con una pinza que apareció, como de la nada, entre sus manos-. Querida, ¿sabes dónde te estás metiendo?
     Kelia supuso que sabía por donde estaba yendo el tema de la conversación.
     -Si está aquí para aconsejarme sobre la Recolecta, ya he tomado mi decisión… -le miró bastante asustada-… Y no me voy a echar atrás en ningún momento.
     La extraña mujer alzó su mano para cogerle uno de los mofletes. Fue tal su entusiasmo que Kelia sintió como una parte de su moflete había sido cruelmente dañado.
     -Por lo tanto, te has informado de cuál es el procedimiento para entrar en la Recolecta ¿Verdad? –nubló la mirada y la fijó con vivacidad sobre la chica.
     -Sé que la Recolecta tiene sus propias normas. Pero ni una sola de ellas va a retirarme de mi objetivo.
     La mujer carraspeó levemente. Dibujó círculos con sus manos hasta que finalmente se llevó las uñas a sus labios, en posición de duda.
     -No me explico… -no sabía cómo inmiscuir su caótica manera de pensar-… cómo una señorita como usted quiere ser parte de un grupo que no la va a tratar con ningún respeto. Eso si sobrevives al primer acto –esfumó sus palabras con una sonrisa sarcástica.
     -¿Cree que no puedo conseguirlo porque soy mujer? –preguntó disgustada.
     -No, para nada –contestó poniendo una de sus manos en su pecho en señal de dolencia por su pregunta-. Sólo digo que una señorita no se mete en estos terrenos tan… embarazosos –simuló un desazón por la controversia de la joven.
     La mujer tragó saliva y puso dirección hacia la puerta de entrada a la habitación, volteándose para decirle unas últimas palabras a Kelia.
     -Mañana a las ocho, en el despertar del alba, preséntate en la puerta principal de la Recolecta. Te espera el primer día de efigie –y con un pequeño guiño de ojos se marchó, dando la orden de salida a sus guardias que la siguieron poseídos por su talante y sus movimientos de cintura al caminar.
     Kelia se volvió hacia su ventana y se mordió preocupada el labio. El olor a té volvió a interrumpir sus pensamientos. Y se preguntó por qué había decidido volver a entrar. Casi ida por la preocupación y la falta de comprensión por parte de esa mujer, virulenta de una inalcanzable fantasía, gritó bastante cabreada.
     -¡Sí, lo he pillado!… ¡Estaré a las ocho! ¿Vale?
     -Sólo venía a traerte el té… -dijo una voz conocida.
     Kelia se volteó y vio a su amiga Ama sujetando una bandeja que tenía dos tazas de té y unas galletas.
     -Lo… Lo siento –se disculpó sin surgirles apenas las palabras-. Pensaba que eras otra persona.
     -Ya, no te disculpes. Cuando llegué tu madre había preparado té, pero no podía llevártelo porque estaban los de la Recolecta hablando contigo. Cuando vi a esa estirada me dieron ganas de vomitar –comentó envuelta en repugnancia.
     -Entonces, no hace falta que te cuente que me he apuntado –expuso asustada, Kelia.
     -¿Lo has pensado bien? –preguntó preocupada la amiga.
     -Ya no hay vuelta atrás. Cuando estás en sus listas, no puedes huir de ellos.
     -Lo vas a hacer muy bien –mostró una sonrisa de orgullo, Ama.
     Kelia se acercó más a ella y le dio un abrazo.
     -¿Me irás a ver al primer acto?
     -Sabes que sí, tonta –respondió cogiéndole con cariño la nariz-. Y dime una cosa, ¿a qué se refería cuando te dijo que mañana es el día de efigie?
     Kelia la miró pensativa.
     -No tengo ni la más remota idea –siguió inmersa en sus pensamientos-. Pero estoy segura que no será nada bueno –finalizó dejando entrever una laguna de misterio en su corazón. 


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