• Un Oscuro Secreto

         Esa luz brillante que tanto caracterizaba el paso de entrada al castillo de los magos iba agrandándose -cada vez más- con cada zancada de cólera que describían los pies de Damon. Sus ojos engrandecidos ante el misterio y desorbitados por la desavenencia hacían de su mirada la propia de un lunático. Las primeras voces se empezaron a escuchar. Parecía que el desconocido mago estaba teniendo una longeva charla con sus invitados. Pronto, la silueta de todos los allí presentes se hicieron visibles. Y Damon se acercó colérico hasta la sirena. Cogió con una de sus manos su delicado cuello y la llevó hasta las puertas de la entrada.
         -¡Qué tienes que ver tú en todo esto!
         Los magos levantaron las varitas con todas las intenciones de parar la furia del insensible humano. Pero, por suerte, Míara llegó antes a lo que podría ser su desgracia.
         -¡Tranquilízate! ¡Suéltala! –le pidió, intentando tranquilizarle.
         Damon la miró y observó como una vez más le había perdido las formas.
         -¿Qué es lo que haces? –preguntó acariciándose el cuello la sirena-. ¡Así es como agradeces que te haya salvado la vida en la peor de las ocasiones! –comentó dolida.
         Míara se puso frente a Damon para intentar averiguar qué estaba ocurriendo.
         -¿Qué sucede, Damon?
         -Cuando has entrado en mi mente. En mis recuerdos…
         El mago arrugó un poco la frente intentando descifrar qué era lo que quería decir. Todos escuchaban con atención aquello que estaba desvelando, Damon.
         -… En el mismo momento que escuché esa voz supe perfectamente a quién pertenecía –miró con ojos entristecidos a la sirena y más calmado se acercó hasta ella-. Era la tuya… ¿Por qué existes en mi pasado?
         La sirena quedó sin palabras. Parecía querer soltar un soplo de aire para calmar su angustia. No obstante, decidió darle la espalda y derramar una lágrima salada por su cachete colorado. Se tocó su colgante y se volteó con ánimos de contar un verdadero secreto.
        -Me prometí que nunca te lo contaría. Que sería capaz de guardar ese monstruoso secreto –expuso con cara de preocupación.
        -¿De qué estás hablando? ¿Qué secreto? –preguntó confuso, Damon.
        -La oscuridad te ha estado buscando siempre. Sabe que eres el guerrero que puede acabar con ella. Y no dejará de perseguirte aún así te escondas en el lugar más remoto de los reinos –hizo una pausa con melancólica expresión-. Tu madre me entregó este colgante –descubrió un misterio que jamás pensó que sería capaz de revelar.
        -¿Mí madre…? –Damon casi no pudo pronunciar sus palabras. Estaba muy emocionado-. Desapareció hace tanto tiempo. Dime dónde puedo encontrarla –su mirada mostró el triste reflejo de un niño sin alma.
        -Ella… - la sirena apartó la mirada de sus ojos -… murió.
        Por el lagrimal de Damon afloró el lamento de una mala noticia.
        -¿Cómo sabes eso? –notó como su respiración se cortaba.
        -Porque el destino decidió que debía estar en el lugar donde todo ocurrió –contestó sin poder tranquilizar a su quebradiza voz.


    Veinte Años Atrás… 

        El silencio de la oscura noche era la única superviviente de lo que la luna llena estaba deleitando. El rasguño de varias hojas de la flora de un bosque iluminado por las estrellas se estaba haciendo escuchar ante cada paso de desesperación. El lamento por conservar un tesoro que debía custodiarse en manos valerosas estaba llevando a la ruina a su portadora. Corría escuchando su agitado corazón, forzando sus manos para que no se perdiese aquello que tanto valía tenía. Un verdadero tesoro en bruto que guardaba algo más impresionante que el descubrimiento del límite del universo. Un poder único e inmejorable. El aliento de la huida se iba haciendo más débil hasta que una entrometida raíz -sobresaliente de un árbol- hizo que tropezara. El duro golpe fue el causante de que el preciado tesoro saliera disparado hacia el afluente de un río bravo. En la orilla, unos ojos asustados la miraban sin entender la razón de por qué huía. Aquella fugitiva de la oscuridad se alzó y cogió el colgante que calló de sus manos. Entonces, pudo ver que se trataba de una hermosa sirena. Unos pasos resonantes se dejaron apreciar ante la luz de la luna. La sirena se escondió en el agua enloquecida y guardó en su mano lo que había recogido. Tres hombres – lobos se acercaron lentamente a su presa indefensa. Pero cuando todo parecía vencido, de la copa de los árboles una decena de vampiros se abalanzaron sobre ellos formando un monstruoso espectáculo de la naturaleza. En pocos segundos, las vidas de las tres bestias se fueron apagando. Era una victoria segura para aquellos que tenían más cabezas que se pudiesen contar. Nada más finalizar el inesperado festín, de la arboleda salió una infortunada vampira de ojos rojos. Se acercó a su victima con caminar elegante y despreocupado. Se agachó y enseñó sus colmillos blancos.
        -¿Dónde está? –le preguntó a su presa.
        -No le vas a encontrar. Mi hijo está a salvo en un lugar que nunca hallarás –dijo la mujer envuelta en un llanto por el fuerte golpe que se había llevado al caerse.
        -Él no me importa, estúpida. ¿Dónde está el colgante? –paró sus labios para acercarse a su oído-. Si no me lo entregas, te arrepentirás.
        -Puedes llevarte mi alma si quieres, pero no arrasarás con más vidas –le contestó dolorida.
        La vampira se levantó y la miró, mostrando una cruel sonrisa.
        -Es una lástima ver como un hijo se va a quedar sin aquello que tanto necesita… Y espero que no me reproches que pronto se reúna contigo –al acabar su discurso, ordenó a unos cuantos vampiros que acabaran con la vida de la mujer. Éstos no se negaron en llevar a cabo su mandato.
        -Lira –le llamó uno de ellos -. ¿Qué hacemos cuando encontremos al chico?
        -Traedme ese dichoso colgante… Lo que hagáis con él me da exactamente igual –contestó con mirada endemoniada. Y sin nada más que decir se perdió su sombra entre la flora del bosque.
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