• Continuación del Relato: "El Valle Oculto de las Diosas"

         Las estrellas bailaban ilusorias sobre el gran manto oscuro del universo. Olleix preocupada por la visión que su espejo mágico le había mostrado, tenía envuelto en su mente premonitoria citar el acontecimiento en el bosque del silencio. Emprendió su recorrido atravesando los caminos de piedra y vegetación que dotaban de una belleza especial al valle de las Hereas. Para sofocar la oscura neblina de la noche fría, la piel seductora de la diosa, decorada por manchas llamativas de pasión, se iluminaron dejando un rastro luminoso. El cuerpo de las Hereas tenía la capacidad de adaptarse a todos los medios posibles e, incluso, a los más sofisticados. Una enorme piedra, tallada por una hermosa simbología, interpretó la entrada del bosque del silencio. Olleix frenó sus pasos frente a ella y la acarició con mucho cuidado. Sentía que tenía el mundo entre sus manos. Los símbolos estallaron en una luz reluciente, cautivando con su esplendor la mirada honesta de la bella diosa.

     


         Un escalofrío repentino apresó a sus sentidos y sus ojos se dirigieron al interior del bosque. Sus labios se abrieron, aflorando entre ellos una sonrisa. Caminó unos pasos y, sin darse cuenta, se adentró en la profundidad de una naturaleza iluminada por árboles albinos. De ellos caían unas enredaderas que avivaban el paso, gracias al esplendor de su aroma. Olleix suspiró con mucha fuerza el aire húmedo que resucitaban las palabras de los que descansaban bajo el embrujo de las ramas de los árboles. Al fondo, la dulce sinfonía de una cascada le alertó que podía acercarse a sanar su sed. Fresca y pura como la sangre de los dioses. Descendía, tras un alboroto, en un pequeño afluente. Preparando el festín que calmaba a la tempestad. Acercó sus manos y, formando un cuenco con sus dedos, recogió el agua necesaria que bebió con mucho ánimo. Entre el silencio roto, llegó a sus orejas puntiagudas el sonido de alguien que la observaba entre la maleza de donde fluía el agua. Olleix intentó calmar a su corazón y actuó como si no hubiese interpretado nada en su entorno. Dejó de refrescarse y subió con disimulo las rocas que adornaban la cascada. Se agachó, ocultándose entre las plantas que adornaban el paisaje. Se arrastró, localizando en la distancia eso que le había advertido. Tras una nueva piedra gigante se escuchaba el suspiro de un alma desconocida. Olleix se escondió entre su sombra y persiguió su figura hasta que pudo ponerse frente a ella. Movió sus orejas defensivas y mostró sus salvajes colmillos. La hermosa Herea enseguida cambió su expresión a una más nostálgica. Se impresionó al ver un ser tan maravilloso como el que tenía frente a sus ojos. Se puso a su altura y llevó sus manos hacia su tierno pelaje. Tocó con devoción su pelo azul, embellecido por una magia desconocida, y sintió su pelaje bañado en terciopelo que envolvía todo su cuerpo. Las enormes alas del animal se desplegaron, creando una aureola mágica, salpicada de auténtica belleza.

     


         Olleix se intentó subir en él, pero parecía que se resistía. Aclamaba una batalla de fidelidad si quería que le gobernasen. Se emprendió una autentica persecución donde se privaba ser el dominante de toda la situación. Este arduo entretenimiento hizo que la lucha por la dominación se construyese, cada vez, más cerca de las entrañas del bosque del silencio. Olleix consiguió subirse al lomo del bonito Pegaso, interpretando la victoria. Sus colmillos desafiantes enfilaban el destino y sus manos se comunicaban con el animal. Le indicaba que se tranquilizase. Intentaba hacerle entender que no iba a hacerle daño, Nadie podía hacerle daño. Una sacudida que no se esperaba la llevó a caer a la fría tierra en el lugar del eterno descanso. Pudo sentir el dolor de aquellos que una vez dijeron que montar a un Pegaso salvaje no era nada fácil. Envuelta en su sufrimiento, escuchó un sonido que nunca había captado. Sus ojos se abrieron con rapidez y fue cuando vio lo que ya se temía. Se levantó asustada e intentó protegerse de lo que parecía una amenaza, aunque no entendía cómo podía hacerlo. Mostró sus colmillos helados en un susto y se protegió bajo la atenta mirada del Pegaso. Vio como el causante de la trágica revolución de sus emociones se atrevía a apartar aquello que tanto le asustaba. La tiró a sus pies cubiertos por el misterio y enseñó por encima de su costado sus manos libres de poder.
         -No te voy a hacer daño… No te voy a hacer daño. ¿Qué es lo que eres? –dijo.
         Olleix le miró y no quiso contestar. Interpretó en un aliento que contestase a su propia pregunta.
         -Mi nombre es Dik… Soy un humano –tragó saliva e intentó dar un paso, sin mucho éxito. La Herea mostró su recelo a que se acercara a ella.
         Olleix le observó provocando un dilema entre su desconocimiento y las ganas de saber de él. Al final decidió lo que creía más fiable.
         -¿Un humano? –repitió sus palabras-. Sé quien eres.

    http://www.hechosdesuenos.com/2015/04/el-valle-oculto-de-las-diosas-final.html

  • 2 comentarios:

    1. muy intrigante y la expresión sobre el paisaje es lo que me encanta ,hace que entres en la historia y vivas el momento ,hasta el aroma de las enredaderas olía mientras leía monica beatriz salinas

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      1. Para mí es un placer saber que te he transmitido ese valle soñado con todas sus características, soñadora :)

        ¡¡Espero que sigas disfrutando con este relato y sobre todo que te llene de muchos sueños!!

        Un abrazo y feliz tarde, soñadora :D

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