El Valle Oculto de las Diosas, Parte I


  Relato: El Valle Oculto de las Diosas

     En el corazón de un valle rodeado por un caudaloso río donde esconde en su bella oscuridad lo que la imaginación intenta vislumbrar, se oculta entre piedras cristalizas y vegetación mágica, el mundo de las bellas Hereas: Princesas de los Dioses. Cuentan que los hermosos rayos del sol evaporan el olor de las flores para bañar sus casas echas de cristal. Que han heredado los grandiosos poderes de sus padres, reyes de las almas y los dones. Según citan las malas lenguas: En sus labios se encuentran el elixir de la locura y entre los dulces susurros de sus voces se esconde una profecía maldita para aquel que la escuche. Montan en caballos con alas, salvajes, crueles, destinados a encontrar la oscura soledad. Muchos han hablado de ellas, sin haberlas visto. Tantos locos disfrazados de auténticos cuerdos las han dibujado en hojas marchitas de conocimientos. Una legión, de poderosos infelices, ha pedido una prueba de su verdadera existencia. El mundo ha querido conocerlas, expectantes de poder saber todo sobre ellas. Sin saber que bajo las sombras de sus mandatos, bajo las tinieblas de sus órdenes y desprecios… Vive una civilización atenta a los sueños de cada uno de sus pasos. La noche ya había caído y la luna se reflejaba en el techo cristalizo de su habitación. El agua de la enorme cascada ahuyentaba al silencio y tranquilizaba los latidos de su prodigioso corazón. Había dormido más horas de las que tenía pensado, pero parecía que el tiempo se había alargado. La luz alumbraba con mucha más intensidad y su mundo sólo tenía vida en la exitosa oscuridad. Una oscuridad alimentada por bonitas luciérnagas que decoraban el valle y grandes setas que señalaban el buen camino a seguir. La brisa del agua de la gran cascada trajo consigo a un curioso visitante del mundo que dormía. Una mariposa de alegres colores y con alas que reflejaban unos ojos asustadizos, entró por su ventana para posarse sobre sus dedos esponjosos de suave algodón. Se sorprendió al ver su sonrisa entristecida reflejada en su precioso espejo, tallado por su padre el Dios Theox.



     Tras él, veía lo particular y bonito que era el mundo donde respiraban las montañas. Lo cierto de todo aquello que tanto decían sus libros creados por aquellos que un día decidieron explorar lo que nadie se atrevía hacer. Menos mal que, por lo menos, gracias a la magia que conservaban, tras su mundo de cristal podía ver todo lo que iba a ocurrir. Todo lo que tenía que ocurrir o, tal vez, encerrar bajo sus ojos aquello que algún día no querría olvidar. Posó sobre su peine de diamantes élficos a la colorida mariposa y extendió su mano hasta alcanzar el fino cristal del espejo. Al sentir su amable tacto, este distorsionó el rostro de su imagen y comenzó a arrastrar la marea de su cauce. Ollix abrió con entusiasmo sus ojos bañados por la fresca miel y sus orejas puntiagudas parpadearon. Su espejo le estaba mostrando lo que ya conocía… Aunque no del todo. Parecía que algo en su vida iba a cambiar y, que en esa transición, una aventura tenía que recorrer. De repente, el foco de la iluminación se paró y entre la mágica oscuridad, una sombra bastante llamativa apareció. Una silueta desfigurada y bañada por una fragancia desconocida. Empezó a brotar el color y distinguió lo que parecía un hermoso Pegaso azulado. Ollix arrugó su frente y se preguntó qué podía significar. De las tierras de las Hereas hacía muchos siglos que esos animales huyeron a tierras más luminosas. Sin entender nada, prefirió dejar de ver lo que la vida del espejo le citaba como un engaño. Alejó su mano y desapareció toda conexión con su mundo interior o las ilusiones de su corazón aventurero. Se volteó para salir de su humilde cueva de cristal, pero a su espalda un fresco sonido mágico se escuchó. Echo la vista atrás y vio como el espejo volvió a conectarse. Nadie estaba teniendo contacto con él, por lo que Ollix no entendía lo que estaba sucediendo. Se acercó para averiguar qué era lo que ocurría y, entonces, lo vio. Una imagen se congeló y a pesar de estar grisácea, nefasto de color, se podía apreciar con precisión sobre qué trataba. Su espejo parecía tener las intenciones de advertirle acerca de un acontecimiento que iba a cambiar el rumbo de su historia. Una amenaza le dibujó. Quizás una advertencia. Quizás la clave de por qué su raza de diosas seguían disfrutando de un lugar de ensueño. Alguien rondaba cerca del abismo de su valle. Olleix se conectó al espejo sin dejarle un espacio a la reflexión.
     -Dime espejo, ¿quién va a amenazar nuestras vidas?
     El espejo borró la imagen y se quedó limpio de deseos, hasta que al final, con letras marcadas en augurios de desesperación contestó: “Un humano”.

http://www.hechosdesuenos.com/2015/04/continuacion-del-relato-el-valle-oculto.html

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