• Cuento: La Noche de las Brujas, Parte I

    << Entre las tierras de este augurio se elabora este conjuro. Basto de almas y profecías. En los labios de nuestras antiguas herejías se cazan las más débiles arpías. Con los elementos que alimentan nuestros dones, nos dotamos de sabiduría para saldar los sacrificios vividos bajo la lanza de sus maleficios. Desde hoy hasta la eternidad se procede a prescindir del tesoro que derraman como veneno fresco. Desde hoy hasta la eternidad, la noche se transforma en el encierro de las brujas. Desde hoy hasta la eternidad: La noche es de las brujas >> 

          >>Bajo un antiguo conjuro que cita el destierro de las antiguas brujas se escucha el susurro de lo que un día se pretendió prescindir. Según cuentan las leyendas, en la época antigua cuando se originó el gran hundimiento se formó un enorme ejército convocado por el rey Honrek: El rey de los prudentes. El autoritario rey quería dar caza a todo aquel que fuera en contra de su lealtad y pensamientos. Intentó ejercer su gobierno por encima de todos los clanes que componía el reino sagrado. Muchos de los clanes, a pesar del poder que ejercían sobre sus tierras no pudieron resistirse a la ferocidad del batallón de los prudentes. Aquellos otros que no quisieron seguir sus pasos de iletrada fortaleza fueron destruidos por las guerras provocadas. Y los que lograron sobrevivir se rindieron, para permanecer esclavos el resto de sus vidas. Sin embargo, cuando el ejército llegó a unas tierras de polvos espesos y nieblas blancas que envolvían como abrigo a las montañas altas, no pudieron avanzar con sus planes demoledores. Entre la maleza oscura y rocosa, junto a las aguas de destierro de los navegantes sin almas, se hallaban las temibles brujas de la noche tenue. La oscuridad de sus días y de sus tierras parecían las armas más peligrosas que poseían, hasta que los poderosos hombres armados de Honrek lograron hacer frente a su vegetación indecente y a la penumbra de su cielo. Al llegar a un majestuoso castillo de donde brotaban cuernos de tinieblas como aposentos en las torres más altas y una brisa de espanto, los guerreros observaron una imagen que no olvidarían jamás. Una mujer de ojos sedientos, labios rosados y piel de porcelana se les acercó, atrayéndoles con una mirada de fiera emoción. Extendió una de sus manos y los soldados del terror empuñaron sus espadas para atacar a la joven si pretendía elaborar un mágico encantamiento. Se sorprendieron cuando vieron descender desde las tinieblas que escondían a la luna plateada, un cuervo negro con ojos amarillos. El animal se posó con dulzura sobre la mano de su ama y pió receloso. El jefe que precedía el batallón se acercó tanto a la muchacha que pudo sentir frío que expulsaba por los poros de su piel. Y le dijo:
         -Bruja… En nombre de Honrek venimos a obtener lo que nos pertenece. Tus tierras serán entregadas y si no queréis perecer bajo torturas o esclavitud, abandonad junto con sus otras hechiceras inmediatamente todo el territorio así como el gran castillo –paró un segundo para mirarla con ferocidad y prosiguió-. Tenéis una hora para desalojar… O vendremos a echarlas y créeme no les va a gustar como tratamos a las señoritas –concluyó limpiándose la boca con su mano después de haber pasado su lengua salivosa por los labios. Le dio la espalda a la joven y dio la orden para retirarse momentáneamente para que las brujas tomasen una decisión. Sin apenas dejar tiempo para soltar un aliento de victoria, el jefe del grupo escuchó unas palabras a su espalda.
         -Ya está decidido… Capitán –dijo la chica.
         El guerrero volvió tras sus pasos junto a su ejército con una sonrisa en sus labios y la victoria arrebatándole el corazón.
         -Que pronto os rendís, querida bruja –citó mirando a la bella jovencita de los pies a la cabeza.
         Ella no pudo contener una incrédula carcajada y se acercó a sus labios sedientos. Los besó con esmero, armándose de pasión. Su amigo el cuervo voló hacia las entrañas del bosque y, bajo el sonido de la vegetación la bruja le susurró en el oído al jefe del batallón:
         -Esta noche es de las brujas.
         El soldado la apartó y notó como su cuerpo se paralizaba. Su cuerpo como su alma cayó bajo una maldición y el cemento se apoderó de él. Dejándolo convertido en estatua. Los soldados fueron a atacar a la bruja, pero esta rápida y vivaz hizo aparecer en sus manos unos polvos de ceniza y sopló con fuerza. Esparciéndolas por el aire, dejándolas caer sobre todos los guerreros de los prudentes. Convirtiéndolos en auténticas estatuas humanas. Nunca más el ejército de Honrek se atrevió a molestar a las brujas. Convivieron sin adentrarse en sus territorios. Incluso, cuentan que quien atraviesa el río y sobrepasa los árboles de la penumbra, las mediaciones de las brujas, nunca más se vuelve a saber de él. Y desde entonces, cada noche desde que somos pequeños hasta que envejecemos recordamos que no debemos aventurarnos en el camino de los árboles de la penumbra. Y esta es la historia de la cual se fundó la tierra de los prudentes –finalizó Leila emocionada al ver que un ejército de pequeños valientes, mucho más grande que el batallón de su leyenda, se habían quedado escuchándola al calor de una gigantesca hoguera en la plaza de la ciudad. La miraban con ojos saltones y muchos tenían la boca a medio cerrar, atrapados por la historia.
         -Pues yo no me la creo –contestó uno de ellos que se situaba en medio del grupo.
         Leila le miró y le sonrió.
         -¿Por qué no te la crees, Derian? –preguntó curiosa.
         -Porque las brujas no existen y estoy seguro que tras esos árboles sólo hay más árboles –contestó heroico.
         -Muy bien. Si es así ¿Te parecería bien que vayamos ahora mismo a la mediaciones del camino de los árboles de la penumbra y nos demuestras que todo lo contado son más que patrañas?
         El niño la miró y asintió sin saber muy bien en dónde se estaba metiendo realmente. Leila se levantó y alzó un brazo mostrando una dirección.
         -¡Muy bien chicos! ¡Vamos a acompañar a Derian hasta el camino de los árboles de la penumbra! –exclamó con entusiasmo.
         El conjunto de escolares se pusieron de pie y miraron con emoción al chico. Pronto empezaron a caminar tras su maestra, premiando de elogios a su compañero. Derian estaba muy entusiasmado. Hacía mucho tiempo que no recibía una gran aprobación por parte de todos los compañeros de su clase. Y después de tanto caminar, llegaron al lugar misterioso. Había un silencio inalterable y a penas corría el aire. Las hojas de los árboles de la penumbra estaban congeladas, no se movían. Ni siquiera lo hacían ante el posar de un pájaro bailarín. El agua del río bajaba en calma, sin alterar la tranquilidad del bosque. Leila miró a Derian y le ordenó que se acercara.
         -Vamos, Derian. Cruza por las piedras que descubre el río y adéntrate en el camino –le dijo añadiendo una sonrisa.
         El niño miró los árboles y escapó una vista hacia el cielo. Estaba atardeciendo y la luna se marcaba redonda en el cielo despejado. Volvió sus ojos al bosque y gruñó el entrecejo. Dentro de la vegetación asomaba un manto de neblina, dotando al bosque de un misterio fantasmagórico. El chico tragó saliva y dio un paso hacia atrás. Se volteó hacia sus compañeros y junto a un grito desolador marchó corriendo por donde mismo vino.
         -¡Derian! –gritó Leila. Corrió tras él, descuidando al resto de su grupo. El niño le hizo correr hasta las entrañas del pueblo y se arrinconó en uno de los callejones-. Derian… Son sólo leyendas. No va a pasar nada. Escúchame, no iba a dejar que entraras ahí –le intentó tranquilizar.
         El muchacho enrolló el cuerpo entre sus piernas y comenzó a llorar. Leila se acercó a él y lo abrazó. Se sentía muy culpable y no sabía cómo parar ese sufrimiento.
         -Lo siento, Derian. Creí que lo ibas a tomar como un juego no que te fueras a asustar tanto. Lo siento…
         -¡Déjame! ¡Quiero irme a casa! –gritó el niño. Se despegó de sus brazos y salió corriendo, aventurándose veloz dentro de una de las casas del pueblo.
         Leila quiso ir detrás de él para explicarles lo sucedido a sus padres, pero cayó en la cuenta de que había dejado atrás, en la orilla del bosque, a los demás alumnos. Sin pensarlo demasiado volvió sobre sus pasos y cargada de maldiciones regresó al río que bañaba la entrada de las mediaciones del bosque. Y no había ni un alma allí. Leila se puso muy nerviosa y se le llenó los ojos de lágrimas. ¡Soy un desastre! pensó. Casi sin aliento y dolida por el mal que había hecho se adentró sin consuelo por el camino de los árboles de la penumbra.


    http://www.hechosdesuenos.com/2015/05/cuento-la-noche-de-las-brujas-parte-ii.html



  • 6 comentarios:

    1. ¡que miedo! El inicio es precioso... el final me puso la piel de gallina...

      Leila ¿en que te metiste?


      Ale.

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      1. Lo descubrirás la semana que viene, soñadora... ¡¡Atenta al blog donde los sueños descansan!! :D

        ¡¡Muchas gracias por tu comentario, Ale!!

        ¡¡Feliz día soñadora!!

        Saludos y un fuerte abrazo :)

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    2. Me ha gustado mucho esta historia Tomas, pobre leila y pobres niños.
      Me ha encantado este cuento.
      Un saludo cordial.

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      1. ¡¡Muchas gracias por tu comentario, Bénjamin!! :)

        La próxima semana atento al blog porque se cerrará el cuento y esperan emociones :D

        ¡¡Feliz día soñador!!

        Saludos y un fuerte abrazo

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    3. Felicitaciones Tómas, una vez más has logrado llevarnos a soñar

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      1. ¡¡Muchas gracias Patricia!! :)

        Los soñadores/as también me ayudáis, día tras día, a conseguir mis metas :D

        ¡¡Un abrazo muy fuerte y a soñar, soñadora!!

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