• Cuento: Nuevos sueños para Henry

         Suena como a tiempo fresco. Una dulce caricia de amanecer desesperado porque salga el sol. Un llanto de locura durmiendo en su tempestad. Un milagro que nadie puede escuchar, si no son capaces de querer entender sus sabias palabras… Suena a la libertad del horizonte. A la eternidad de la vida e incluso al odio de la sabiduría. Bajo su fortaleza de piedra y mármol descansa oculta. Entre paredes talladas por una civilización dormida, vuela entre las calles disfrazada de dignidad. Nunca nadie le ha escuchado… Nunca ha querido ser encontrada. No obstante, algún día tenía venir el que bañe de luz la tenebrosidad su cueva dorada. La suerte es una fémina bastante perspicaz. Jamás te envía a quien es guardián del mundo, sino al que puede llegar a ser el rey de todo el cosmos. 

         Las calles seguían oliendo a polvo quemado como hacía veinte tres años atrás. Aún recordaba en el vaivén de las personas que caminaban por el sucio asfalto cómo había crecido en su cesta de mimbre descorchada. Aún no se explicaba cuál había sido su delito, ni el por qué de su tremenda buena suerte. Con ironía a veces lo citaba. Un día más volvía a respirar el humo de los coches. El aroma de los perfumes caros y la esperanza de los marginados… Como él. Hacía más de quinientas noches que no se bañaba porque nada se pagaba con el alma sino con riquezas. Sabía que no estaba del todo presentable, pero qué podía hacer en un mundo cimentado para unos pocos y hecho para muchos. Una vez más sentía el poder de la esperanza, la agonía de su llanto. Nunca te rindas, le decía a la luz de su corazón y siempre era a quien más hacía caso. A lo lejos, se volvió a escuchar esa campanada que sabía a pan dulce. Por primera vez oyó a la voz de su memoria recordarle su verdadero nombre, que se arrastraba en la suave brisa de las calles turbulentas: “Henry ve en busca de aquello que te llama”. Agonizante y muerto de sed, el joven emperador de los suelos sucios se levantó y miró al horizonte. Contempló el amanecer ahuyentado por las montañas y volvió a escuchar ese estruendo que mezcla bienestar, angustia y libertad. Decisivo y afortunado por haber dado el primer paso de ponerse en pie, se marchó en busca de aquello que llevaba -como loco- intentando encontrar desde hacía muchos largos años.
         Caminó con los labios secos por la deshidratación y los pies escamados por el poderoso sol, que nunca dejaba de atormentar a los que ya atravesaban tormentas saladas tras sus espaldas. Pasó sin considerar que dejaba a unos metros de la línea divisoria la ciudad que le había visto crecer entre el cobijo de una cesta de mimbre. Una brisa de aire fresca hizo que se parase para así poder oler –por primera vez desde hacía mucho tiempo- la pureza de las nubes. Cerró los ojos para encontrar a su voz interior, pero esta vez no la escuchó. Entristecido decidió volverlos a abrir y quedar prendido de una supuesta casualidad. Frente a él, una montaña gigantesca de piedra esclavizada por símbolos extraños y llena de una vida oculta atrajo su atención. Se acercó para verla mejor y se sorprendió al contemplar su inmensa belleza. Alzó una de sus manos para acercarla a su piedra grabada por algún genio del antepasado. Un fuerte chirrido casi hace explotar a sus tímpanos. Otra vez esa campanada que desde los suburbios escuchaba, volvió a retumbar. Henry se dio cuenta que estaba frente aquello que durante tanto tiempo le estaba llamando. De pronto, la tierra comenzó a abrirse, absorbiendo dentro de su poderosa boca todo lo que alcanzaba a su paso. El joven intentó escapar, corriendo como nunca antes había hecho. Los años de maltrato por el tiempo en las calles y el agotamiento por el recorrido hicieron que cerrara los ojos, una vez más, y se dejó atrapar por las arenas. Cayó sobre un suelo frío y duro. Estaba oscuro, aunque al final del estrecho camino al que había caído se podía ver una luz dorada. Henry caminó hasta ella con las pocas fuerzas que le quedaban bajo los poros de su piel. Cuando alcanzó el rayo de luz dorado, su boca se abrió dejando paso a la sorpresa. Había descubierto un enorme templo rodeado de tantas riquezas como sueños albergaban en su memoria. No podía creer lo que estaba viendo. Henry se echó las manos a la boca, totalmente ilusionado. Se pellizcó para ver si estaba durmiendo y vio que no se despertaba.
         -¡Es real! -se dijo en un grito de emoción.
         Siguió caminando entre medallones bañados en oro y joyas valoradas como tesoros, hasta alcanzar unas escaleras de piedras escritas por algún héroe del tiempo. Puso sus pies sucios sobre la primera que se encontró y subió las demás hasta la cima. Encima de su cabeza, una formidable campana de oro se movió para dar paso a un nuevo toque de atención. Henry se tapó los oídos y esta vez sonrío con mucha más fuerza. Cuando terminó la réplica de sus aullidos, dejó despejadas sus orejas para voltearse y seguir contemplado el lugar al que no le importaría quedarse para el resto de su vida. Pero, se asustó al ver muy cerca de él a un joven consumido por la avaricia y con riquezas apoderadas de su piel arrugada. Sus ojos habían sido absorbidos por la obsesión y parecían que pronto se saldrían de sus orbitas. Su escaso pelo dejaba vuelo libre a la decepción y sus uñas crecían con cada soplo de respiración.
         -¿Quién eres? –le preguntó, Henry.
         El desconocido se acercó un poco más a él y comenzó a olfatearlo.
         -¿Qué estás haciendo?
         -¡Silencio! –exclamó con voz ronca y vieja. Le volteó para olfatear su espalda y luego se posicionó nuevamente frente a él-. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Quién te ha hablado de este lugar?
         -En realidad… Este lugar me ha encontrado a mí. Desde hace muchos años llevo escuchando las campanadas de este templo –contestó sonriente.
         -¡Vete y aléjate de aquí! La maldición se va a apoderar de ti también.
         El pobre enriquecido le arrastró escaleras abajo, pero Henry se defendió y quitó sus sucias manos de su sucia piel.
         -¡Qué dices! ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando esto? –gritó enfurecido-. Mi vida se ha visto arrastrada a una cesta de mimbre rota por la pobreza y ahora que he encontrado el lugar de mi felicidad, no voy a irme de aquí.
         El siniestro individuo, gobernante de la cueva de la fortuna, le miró con ojos de espanto y esclavitud.
         -Hagamos un trato –le sugirió el afortunado-. Si te largas y prometes olvidar que has descubierto el templo de los tesoros… Yo te ofrezco la prosperidad de un mañana nuevo.
         -¿A qué te refieres? –dijo profano de dudas, Henry.
         -Te ofrezco tus deseos, si eres capaz de guardar mi secreto… Nuestro secreto –el extraño esclavizado por la vanidad del poder le cogió su mano, se la abrió y le puso dentro de un pañuelo liso blanco una especie de cereal dorado curvo, haciendo la forma de un bigote de época.
         -¿Para qué sirve esto? –arrugó su frente pensativo.
         -Si eres inteligente y aceptas mi proposición sabrás lo que hacer con él. Te estoy dando el poder de engendrar un cultivo de riquezas. Ahora, ¡lárgate! –le contestó malhumorado.
         Henry le miró y luego mostró interés en un pequeño medallón de oro que tenía cerca de donde estaba. Fue a tocarlo y el hombre envuelto en locura no le dejó acercarse a uno de sus tesoros.
         -¡Esto es mío! ¡No puedes tocarlo! ¡Es mío! ¡Mío, mío, mío! –gritó histérico y con las manos arrancándose los pocos pelos que tenía sobre la cabeza.
         Henry asustado, se volteó y decidió utilizar las pocas fuerzas que le quedaban para escapar de ese lugar. Se guardó el pañuelo, con el extraño regalo envuelto en él, en el bolsillo de sus pantalones pasados por el tiempo y cuando quiso darse cuenta, se desvaneció quedando atrapado en una aureola de inconsciencia.

         El sol pegaba con mucha fuerza sobre su cara polvoreada por la suciedad. Sintió como le echaban agua fresca pero desaborida, por su frente y cabello. Henry se despertó sobre su cesta de mimbre y rodeado de sus amigos vagabundos que le estaban intentado a ayudar a volver en sí. Cuando se recuperó, mostró una pequeña sonrisa a sus compañeros y agitó las manos en señal de que ya todo había pasado y que se encontraba bien. Todos volvieron ahuyentados por su mala educación a sus respectivos rincones de calle salvaje. Henry reparó en sí mimo sobre que había sido un maleducado, pero se encontraba exhausto y alterado. No sabía si lo que había sucedido se debía a una alucinación, a un profundo sueño o a una verdad cuestionable. Tan veloz como vino el recuerdo, llevó una de sus manos a su bolsillo y se sorprendió al sacar de él un pañuelo blanco. Lo abrió y se encontró durmiendo en él ese cereal tan extraño que le había entregado aquel ser castigado por la locura. Sonrió y se lo volvió a guardar en el mismo lugar donde se había mantenido a salvo. Miró a las nubes y tenían un color gris apagado, así que Henry supuso que iba a llover. Sabía que si quería sobrevivir a un buen resfriado del que pudiera escapar tenía que refugiarse bajo un techo que le diese cobijo. Así que se levantó, cogió su cesta de mimbre y la llevó con él a recorrer las calles y callejones hasta encontrar el lugar ideal donde cobijarse. Caminó y caminó sin cesar hasta encontrar una casa maltratada y abandonada a las afueras de la ciudad, en las mediaciones de los campos. Las primeras gotas de la tormenta comenzaron a caer, así que Henry puso rumbo a la casa arcaica. Estaba tapiada y no podía acceder a ella, pero al recorrer su contorno de piedras lúgubres, el joven descubrió un pequeño patio donde había crecido la hierba fresca y las tejas de la casa dejaban un hueco de consuelo al descanso. Henry se puso bajo su refugio abandonado, recostado en su cesta. La lluvia irrumpió en su llanto y el agua cayó con bravura sobre la tierra polvoreada. Entonces, le vino un pequeño recuerdo de su encuentro con aquel individuo: “Te estoy dando el poder de engendrar un cultivo de riquezas”. Henry sacó de su bolsillo el regalo dado y miró al frente. Y fue cuando lo entendió todo. Se levantó, dejó atrás su calentito cobijo por un momento y se metió en donde la hierba crecía fresca. Buscó un hueco donde cavar con sus manos un pequeño agujero en la tierra barrosa y en él metió la razón de los que muchos llamaban esperanza. Una vez terminado, mojado y deshecho por el frío, cayó rendido en un sueño atormentado por la neblina insolente.
         A la mañana siguiente, la luz radiante del sol le despertó. Las voces de alegría de los pájaros se escucharon y el viento agradable le había secado la ropa humedecida. Henry abrió los ojos y se llevó una de sus manos a ellos para masajeárselos con cierta pasión. Cuando se despejó de su dormilona y miró en dirección hacia donde había enterrado su insólito regalo, no tuvo tiempo de esconder sus labios encerrados en una alegría impresionante. La semilla que enterró bajo la tierra había engendrado un hermoso árbol de donde brotaban billetes de fortuna. Henry emocionado fue corriendo hacia el árbol y arrancó los billetes, guardándoselos en el único bolsillo que no tenía agujeros por donde escabullirse. Se dio la vuelta y caminó hasta fuera de la casa, suspirando y masticando la aclamada alegría. Se sentía el rey del mundo y pensó todo lo que se podía comprar con tanta riqueza. Ahora sería uno de esos que caminan por la calle con la cabeza bien alta y hablando de lo mucho que había conseguido. A pesar de sus pensamientos, quiso frenar a su entusiasmo por un momento y recordar lo mal que lo había pasado durante tanto tiempo… Entonces, su percepción cambió drásticamente.
         Pasaron los años y Henry siguió durmiendo en su cesta de mimbre, cultivando riquezas. Ya no pasaba necesidad y sobrevivía como un mendigo con fortuna. Después de unos cuantos años más, Henry compró los terrenos de la casa abandonada y construyó un hogar donde las personas que vivían en los suburbios de las calles, abandonadas a su suerte, pudiesen sobrevivir y vivir en las condiciones más deseadas. Utilizó su poder para crear una escuela de talentos y ayuda, donde las personas desoladas por la injusticia descubrían sus potenciales y cómo abrirse paso en su nueva vida de oportunidades. Al final, Henry supo mantener su secreto y compartió su premio con aquellos que como él, tanto lo necesitaban. Y entendió lo más bonito de su recorrido: “Conservar la esencia de lo que somos es más poderoso que lo que podemos algún día conseguir”


     

  • 18 comentarios:

    1. Vengo de tanto en tanto pero cada vez que vengo me deleito, la verdad.
      La frase final es la síntesis de todo.
      Besos.

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      1. ¡¡Muchas gracias por tu bonito comentario!! :) Espero que lo hayas disfrutado soñadora. Saludos y abrazos :D

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      1. ¡¡Muchas gracias por tu comentario, Beatriz!! ¡¡Feliz día soñadora!!

        Saludos y un fuerte abrazo :D

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    3. Genial es un deleite leerte, y el final es cojonudo...
      Besos!.Tómas.
      Feliz fin de semana.

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      1. ¡¡Muchas gracias por tu comentario soñadora Carmen Silza!! Me alegra ver que te ha gustado :)

        ¡¡Que tengas un gran día!!

        Saludos y un fuerte abrazo :D

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    4. Tan bonito como todo lo que escribes :-) Esa ultima frase me hizo llorar.
      No hay palabras para expresar lo que has logrado transmitirme...

      Ale

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      1. ¡¡Muy bonito tu comentario soñadora, Ale!! Me alegra leer lo mucho que has disfrutado con este cuento de ensueño :)

        ¡¡Que tengas un genial y feliz día!!

        ¡¡Y a seguir soñando!!

        Saludos y un fortísimo abrazo :D

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    5. Uno de mis favoritos!!!! Bueno me gustan todos soñador

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      1. ¡¡Me alegra que lo disfrutes tanto, Patricia!! :)

        Feliz día y un fortísimo abrazo, soñadora :D

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    6. muy profundo para el alma tu relato y si todos conservamos esa esencia de lo que somos verdaderamente los seres humanos tendrían la oportunidad de igualar su felicidad , que con la felicidad de otros encuentra la riqueza en el corazón ,monica beatriz salinas

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      1. La riqueza se encuentra en el corazón, nunca en lo material :) Eso es lo más bonito del ser humano, cuando descubre que lo más importante no es lo que puede llegar a tener sino lo que puede llegar a ser :D

        ¡¡Feliz día y un abrazo muy fuerte, soñadora!!

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    7. estoy muy de acuerdo con vos y nunca tenemos que perder esa humildad que enriquece el corazón

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      1. Jamás debemos perderla, soñadora. Es la que nos hace únicos :)

        ¡¡Un abrazo y feliz día!! :D

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    8. "Lo más importante es invisible a los ojos", que decía el principito. Un placer leerte, Tomás. Abrazos

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      1. Y es tan cierto... Muchas veces ocurren situaciones así.

        Para mi es un placer tu comentario, soñadora :) ¡¡Muchas gracias!!

        Un abrazo y a seguir soñando :D

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    9. Un verdadero deleite leerte. Gracias por Henry.

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      1. ¡¡Muchas gracias, soñadora!!

        Un placer recibir un mensaje así :)

        Un abrazo gigante y espero que sigas disfrutando del blog donde los sueños descansan :D

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