Cuento: El Cazador de Recuerdos

     Después de que el mundo cayese entre las sombras de una maldición, mucho antes de que el universo soñase con que la historia algún día iba cambiar… Fui ese entusiasta del que me he olvidado. Recuerdo que me despertaba al alba para contar los minutos que faltaban hasta que saliese el sol. Miraba al océano con la misma ilusión que mira un niño la sonrisa tierna de su madre. Soñaba con planear sobre las nubes y respirar todo el aire que pudiese existir en el planeta. Me imaginaba escalando esas montañas que dicen que llegan hasta la luna, brillante y mágica. Pero, tras la cuarta nevada del invierno más frío desde donde llega el ansia de mi memoria… Todo cambió.
     Un día quise experimentar lo que siente un ciervo cuando corre libremente por el bosque. Entre mis pensamientos y mi loca imaginación me arriesgué a ir más allá de donde alcanzaban mis ojos. Caminé desde que se puso el sol hasta que dio a florecer su vergonzoso ocaso. Cuando pude tomar las riendas de mi venturoso paseo, fue cuando me di cuenta de que me hallaba a un paso de lo inimaginable. Delante mía se extendía la otra parte del bosque…Un lugar oscuro, y sin apenas corazón. Me volteé para ver qué era lo que estaba dejando atrás: Un lugar de ensueño que vestía su paisaje de color y esperanza. El único mundo que conocía. Sin embargo, la curiosidad me arrancó del alma la cabida de dar marcha atrás. Con la frente surcando una inocente frustración y con la sangre alterada, quise dar el paso que me conducirá hacia el lugar donde guardamos las palabras. Tras cruzar la línea que me separaba de mi realidad, mi mundo ya parecía distinto. La brisa llenaba mis sentidos de magia y acariciaba mi piel con su espesa respiración. Noté que algo dentro de mí había cambiado sin haberse cambiado nada. Entonces, fue la primera vez que la vi. Una serpiente bailando al son de su cascabel se me acercó. Asustado por la furia de su veneno y la frialdad de su mirada, quise volver atrás. Di unos pasos sin perder de vista a la devoradora de sueños, la reptadora de ilusiones, y fue cuando choqué con los segundos que separan al presente del pasado. Un campo invisible me impedía volver a cruzar la línea que creí interesante franquear. Muerto de miedo golpeé cientos de veces, mirando a mi espalda como se acercaba la depredadora. Mis puñetazos sólo hacían más fuerte la barrera. Me sentí perdido y eché a llorar. Me deslicé por ella hasta caer al suelo. Quise taparme la cara con mis manos para concienciarme que el mordisco que iba sentir de la serpiente no tenía por qué ser tan doloroso si controlas tus emociones. Sin pedirle tiempo al mundo entero, el aire se paró y el cascabel dejó de sonar. Abrí los dedos de mi mano para ver qué había ocurrido. Noté mis pupilas dilatarse y a mi corazón fundirse en una taquicardia. La tenebrosa serpiente me miraba fijamente. Sacaba su lengua larguirucha y ladeaba su cabeza como si intentase seducir a mis emociones, y fue justo en ese preciso instante cuando escuché lo que me quería decir.
     -El cazador te llama –me repetió constantemente.
     Incrédulo y desconcertado me asusté. No tenía ni la más remota idea de a quién se refería. Me puse en pie expulsando mi angustia.
     -¡Qué quieres de mí! ¡Qué es lo que quieres!
     La mortífera depredadora se volteó y empezó a arrastrarse, señalando un camino. Envuelto en inseguridad, pero al mismo tiempo aclamando una respuesta, decidí que la única opción que me quedaba era seguirla. Avancé entre árboles cenizos y vegetación convaleciente hasta llegar a una curiosa cueva. Me paré para observarla con mucho cuidado. La humedad de sus piedras trasmitía el frío de los años y su silencio me hablaba sobre cuánto tenía que contar. A mi espalda una voz hizo que me erizara la piel.
     -¿Quieres saber cómo puedes volver al mundo que has dejado atrás?
     Me volví para ver quién era el responsable de toda esa ilusión. Un hombre esbelto, sin pelo sobre su cabellera y protegido por una capa roja me miraba con las mismas ganas de devorarme que la serpiente que me había llevado hasta él. Se acercó a mí y se agachó para ponerse a mi altura. La piel de su cara y su torso estaban llenos de escritos… Hice el esfuerzo de mirarle bien, y fue cuando me di cuenta de que eran nombres de personas. Uno me pareció interesante.
     -Angélica… -dije en alto sin darme cuenta.
     El individuo se miró su pecho y volvió a clavar sus ojos en mí. Sonrió y me volvió a preguntar lo mismo una vez más.
     -¿Quieres saber cómo puedes volver al mundo que has dejado atrás?
     Pensé la respuesta unos segundos, bastante incómodo por su mirada impaciente.
     -Sí, quiero saberlo –comenté al final.
     -Para volver a caminar sobre las huellas que has dejado en el camino que te ha traído hasta aquí, deberás superar una lección de coraje –expuso con orgullo. Miró la cueva y la señaló-. Tendrás que adentrarte en esa cueva y arreglártelas para encontrar el camino que te haga volver al mundo que decidiste abandonar.
     -No parece complicado… ¿Qué tengo que hacer cuando esté dentro de la cueva?
     El ser misterioso puso la mano sobre mi hombro y me sorprendió con una respuesta que fui incapaz de olvidar.
     -Conseguir llegar hasta la meta con la simple ayuda de tu intuición… Es la única que puede hacer que nunca olvides lo que has aprendido de tus recuerdos.
     Fue lo único que recordé cuando desperté dentro de la cueva. Cuando abrí los ojos lo único que vi fue una antorcha alumbrando parte del lugar al que había ido a parar. A medida que me iba despertando, fui siendo consciente de que no estaba solo. Cerca de mí se escuchaba el cascabel de la serpiente que me sirvió de guía. La voz de una joven asustada hizo que mis sentidos se activasen por completo. A unos pocos metros de distancia, una chica pedía auxilio temerosa de que la serpiente la comiera. Me levanté conmovido, cogí la antorcha y corrí hasta ella. Cuando la alcancé, agité el brazo esparciendo las brasas del fuego que desprendía la tea. La serpiente volteó la cabeza y me enseñó sus afilados dientes. Sin miedo alguno le respondí enseñándoles los míos. Así fue cómo descubrí que domar al miedo no era tan complicado como parecía. La astuta sediciosa del miedo bajó la cabeza y enrolló su cuerpo. Alcé mi mano hasta la muchacha y la puse a mi lado.
     -¿Quién eres? –pregunté.
     -Me llamo Angélica –contestó desubicada.
     -¿Desde cuándo estás aquí?
     -No lo sé… -tragó saliva y siguió hablando con labios temblorosos-. Tú… ¿Cuánto llevas aquí?
     Me quedé paralizado porque teníamos algo en común, tampoco lo recordaba. Fruncí los ojos intentando recordar, pero nada aparecía en las nubes de mi memoria.
     -Qué extraño… -apunté atónito.
     De repente, la serpiente volvió a su estado normal y empezó a arrastrarse absorbida por la oscuridad.
     -Creo que hay que seguirla –interpreté.
     -¡Estás loco! ¡Nos comerá! Creo que la mejor opción sería quedarnos aquí que seguramente nos vendrán a buscar –expuso nerviosa y muerta de miedo.
     La observé sin pausa y me di cuenta que estaba en los huesos. Intuí que la chica llevaba mucho más tiempo que yo ahí encerrada.
     -Si nos quedamos aquí moriremos de hambre y de sed –le cogí la mano y supliqué que confiara en mí-. Ven conmigo.
     Ella quitó su mano y se las llevó a la nuca. Se quitó una cadena de oro con la inicial de su nombre como amuleto. Me la puso en mi mano y dejó que mis dedos la protegiesen.
     -Este amuleto te ayudará a no cometer el error que ha hecho que estés aquí.
     -¿De verdad que no quieres acompañarme? –insistí.
     Angélica negó con la cabeza, me puso la mano sobre el hombro y sin decir nada se alejó a un rincón. Se sentó y se acurrucó entre sus piernas a la espera de ser salvada. Cogí el colgante y lo guardé en el bolsillo de mi pantalón. Miré de frente a la oscuridad y con la ayuda de la antorcha logré correr a lo largo de la cueva. Escuché el cascabel de la serpiente y gracias a lo mis presentimientos logré hallarla. Se deslizaba tan veloz por aquel lugar que tuve que correr para no perderla de vista. Hubo un momento en la carrera que miré hacia atrás, buscando a Angélica. Seguí mis pasos sin pararlos porque no quería perderme entre sus miedos. Llegué a lo que parecía la salida de la cueva. Una línea amarilla estaba pintada en el suelo, separando la cueva de la salida. La serpiente traspasó la línea y entusiasmado quise hacer lo mismo, pero me frené en el último momento. El animal acalorado por su veneno volvió a enseñarme sus dientes. Cerré los ojos y agarré con fuerza la antorcha. Mi corazón me decía que era una trampa, aunque mi curiosidad delataba las ansias de descubrir qué era lo que me esperaba al otro lado. Un remolino de aire entró con furor a la cueva, golpeándome con fuerza. Abrí los ojos y vi a un hombre esbelto, alto y con la piel llena de tatuajes. Leí mi nombre entre todos los que decoraban su torso. Me gritó que lo había conseguido y que merecía ser el dueño de mis antiguos recuerdos. Borró con su magia mi nombre y vi como la cueva se desmoronó encima de mí. Me cubrí para que no me aplastara las rocas, cerrando los ojos. Sentí una brisa fresca haciéndome volver a la realidad. Y ahí estaba… En el bosque justo antes de decidir qué hacer, si cruzar al otro lado o volver por el mismo camino que me había traído hasta ahí. Un ataque de risa me vino de repente y me puse a gritar eufórico.
     -¡Ha sido sólo una ilusión! ¡Nada fue real!
     Ordené a mi cuerpo dar un paso, pero algo hizo que me quedara quieto. Volví a ponerme en mi lugar y metí la mano en el bolsillo del pantalón. Saqué un colgante con una inicial colgando de él.
     -Angélica…
    Miré fijamente al frente y supe que no había sido uno de mis sueños. Di unos pasos hacia atrás al recordar sus palabras. Ese día aprendí una cosa: Que equivocarse está permitido si antes aprendes de tus errores.



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