• La Promesa de las Estrellas, Parte II



    Cuando desperté, lo único que recuerdo es que no podía dejar de gritar. Una angustia salvaje devoraba mi pecho, revolvía mi estómago y azotaba con fuerza mi cabeza. Me llevé las manos hasta ella y se llenaron de sangre, mucha sangre. Ese malestar horrible hizo que me faltara la respiración. Estaba aturdido y desubicado. Aún no entendía qué era lo que había pasado. Aunque en cierto modo… hubiera preferido no haberme enterado nunca. Haber desaparecido. Pero por suerte o desgracia, no fue así. Miré a mi lado y envuelta en un manto de sangre estaba Estre. Me desabroché el cinturón que me había salvado la vida e hice lo mismo con el suyo. Soltó un grito de dolor tan fuerte que hizo que me paralizase. Entonces, fue cuando lo vi. Una barra de acero había atravesado su asiento, atravesando su espalda, incrustándose en su corazón. Le toqué su suave pelo. Estaba desolado. Por mis labios caía una cascada de arrepentimientos. Mis ojos no veían con claridad porque les tapaba su cielo una tormenta enfurecida. Había llegado el invierno y no era capaz de verlo. No quería verlo. Llevé mis manos a sus mofletes, moviéndole la cabeza para que me mirara.
    –Cariño… –casi no podía pronunciar palabras–. Por favor, no te vayas. No me dejes aquí.
    –Sé fuerte, Money…–dijo a puras penas.
    –No hables como si todo se terminara aquí. Te vas a poner bien, ya lo verás. Pronto vendrán a rescatarnos –le comenté mientras veía como poco a poco iba cerrando más los ojos. Le agarré por sus bonitos mofletes y la acerqué más a mí–. África nos espera, ¿recuerdas? Esto es sólo el principio. Cariño, por favor…
    Ella hizo un esfuerzo para abrir más los ojos y me miró fijamente.
    –Esto no va a poder contigo. Prométenos que no va a poder contigo.
    –¿Prométenos? –pregunté susurrando. Cogió una de mis manos y las llevo a su estómago.
    –Quería decírtelo nada más llegar aquí –comentó mientras resbalaba una lágrima por sus ojos.
    –¿Qué...? –me embarqué en un duelo de tristeza horrendo. Empecé a hipear y mis palabras se resbalaban en mi boca–. Cariño, por favor…   
    El amor de mi vida empezó a caer en picado. Comenzó su hundimiento. Su cuerpo se relajó y cayó desvalido sobre lo que quedaba de asiento en el avión.
    –Hazlo por nosotros… -fueron sus últimas palabras.

    Mi alma se rompió en dos. Porque, dos partes de mí estaban soltando mis dedos y alejándose cada vez más. Me había quedado sólo en alguna parte de este limbo que llaman vida. Me arrodillé y puse mi cabeza sobre sus piernas, cogí sus manos, enredé sus dedos en los míos, y no pude dejar de llorar. Las horas pasaron, no sé si rápido o despacio, pues mi sentido del tiempo se había parado. Ya no existía para mí. Lo que sí sé es que nunca en mi vida había llorado tanto. Un tsunami de emociones arrasó con mi mundo interior en milésimas de segundos. Estaba perdido, estaba muerto a pesar de poder seguir respirando. Me quedé ahí hasta que oscureció. No podía moverme, no podía abandonarla. Su cuerpo ya se había quedado frío y rígido como mi corazón. Por mi cabeza pasaban, una y otra vez, sus últimas palabras: Hazlo por nosotros… Y no dejaba de decirme a mí mismo que no podía. No estaba preparado. Me asustaba la idea de una vida sin ella, sin ellos. ¿Por qué tengo que estar vivo? Me preguntaba constantemente ¿Por qué el destino no me eligió a mí?. Esta era la primera vez que me di cuenta de lo caprichosa que era la vida. Y era una sensación horrible porque nunca me han gustado los caprichos. De repente, mientras andaba por algún lugar de mi oscura tempestad, unas gotas de agua cayeron sobre mi cara. Empezó a chispear, hasta que en cuestión de segundos, un remolino de viento y lluvia azotó a la selva. Las nubes estaban descargando sobre mí su pésame. Los truenos daban cabida a su dolor y las hojas que caían de los árboles cercanos me ofrecían su cobijo. Tuve la extraña sensación de que el planeta se había enterado de mi desgracia y simplemente quería ofrecerme su apoyo. Al final decidí cerrar los ojos y dejarme llevar por su tormento.

    Cuando los volví a abrir, grité despavorido por una cruel pesadilla. Mi mundo se había hecho pedazos y no tenía forma de escapar de ese juego sucio que llaman supervivencia. Inundado en un sudor frío, miré hacia abajo y vi los pies de mi esposa. Entonces, lo comprendí, no había sido una cruel pesadilla. Me moví como pude, viendo como las hojas arrasadas por la lluvia que habían caído sobre mí se resbalaban por mi cuerpo hasta llegar al suelo. Durante toda la noche no dejé de escuchar su voz. No dejé de recordar su respiración. Me fue imposible no sentir su aliento. Me puse en pie, aún con los ojos desvalidos por la batalla, me acerqué a ella y le di un beso en sus labios húmedos. Le desabroché el cinturón de seguridad del asiento, le quité el hierro que atravesaba su pecho y la cogí en mis brazos. Caminé unos minutos selva adentro hasta que encontré un lugar lleno de flores violetas, árboles con torsos anchos y adornados de plantas rojas. La puse con delicadeza sobre la tierra bañada por agua y empecé a escavar. Después de una hora –o tal vez más– había conseguido hacer un hueco lo suficientemente grande para ella. La metí en él, la coloqué en la misma forma que duerme una princesa, le toqué por última vez los mofletes y la besé. Por mis ojos caían gotas de agua con sabor a derrota.
    –Seré fuerte, cariño… Os lo prometo.
    Empecé a echar tierra hasta que desapareció por completo su bonita figura.
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