• El Muro de las Almas

    El aire susurra. Sé que me está diciendo algo. Noto su desesperanza en el aleteo de sus brazos cuando me toca con sus manos mi fino cabello. Está cabreado… Y creo saber el por qué. Hace tiempo era capaz de entender todos sus mensajes, pero llegó un día que dejé de escucharle. Mi mundo se volvió oscuro, sin llamas que alumbrasen mi túnel del no olvido. Desde entonces, vivo en el submundo de mi corazón, ajeno a lo que hay a mi alrededor y más allá de este gigantesco muro de piedra. Hace tiempo que está protegido por un manto eléctrico. Desde hace siglos no se sabe qué hay más allá. Desde hace siglos llevamos aislados del exterior y hace siglos que no se escucha nada ahí fuera. Muchos son los que creen que este muro está maldito. He escuchado historias terribles de lo que ocurre si intentas cruzarlo, si es que logras hacerlo. Detrás de todo esto, sólo existe cabida para el caos, la locura y la muerte. Nunca nos dejan acercarnos a él… Pero en esta fría noche de invierno este muro puede ser mi salvación.
    Una enorme bota de un soldado pisa el herbaje húmedo que crecía radiante hacia el majestuoso cielo oscuro. Un soldado de piel umbría y ojos de águila miraba con atención el frondoso bosque que tenía ante sus ojos. A su espalda, dos hombres más, de piel lechosa y asustadizos apuntaban con sus armas, temerosos de que algún monstruo saliese de su sombrío escondite para apresarles. El soldado que vestía su piel del bello manto de la noche les ordenó que parasen.
    –¿Ha visto algo, comandante? –le pregunta el soldado que estaba más a su derecha.
    El comandante le coge el cuello y se lo aprieta con mucha fuerza, bajo la pendiente mirada asustadiza del otro soldado.
    –Quién coño te ha dicho que hables… –tras apretarle con mucha más fuerza la garganta, decide soltarle–. La próxima vez que me vuelvas a interrumpir, te mataré.
    El soldado atacado, que mantenía un color rojizo en su cara, intentaba coger aire lo más rápido posible.
    –¿Lo habéis entendido? –pregunta mirando a ambos compañeros.
    Los dos afirmaron con sus cabezas, tragando saliva ante tanta tensión contenida.
    El comandante observa una vez más el entorno, frunciendo con fuerza el ceño.
    –Puedo escucharle. Puedo oler su sangre…
    Los dos soldados que lo acompañan se miran perplejos y temerosos, incapaces de formular una sola palabra.
    Cerca de donde han parado sus pies, una familia de arbustos mueve sus ojos muy lentamente. El comandante enseguida capta la atención de sus dos presos, ordenándoles que le guarden la espalda. Sus botas empiezan a dejar sus huellas sobre la tierra húmeda debido a la furia de aquel que las controla. Su nariz empieza a olfatear el olor que flota en la suave brisa del viento hasta que llega a las primeras ramas. Cuando las aparta con la furia dibujada en su cara, descubre que no hay nada tras ellas. Sin embargo, sobre la tierra húmeda, unas huellas humanas surcaban como raíces su piel. Muy cerca de él un muchacho envuelto en harapos, con una mochila de tela colgada sobre su espalda y bastante flacucho, huía despavorido entre la maleza. Bastaron dos intensos segundos para que el comandante y sus dos lacayos corrieran tras él.

    El joven corría lo más rápido posible, esquivando ramas frondosas que caían de los árboles más viejos y altos de la selva que tenía ante sus ojos. Su corazón latía a una velocidad insospechada. Detrás tenía a tres soldados que empuñaban sus armas con rabia. El más veterano y de piel le apuntaba con la suya e incluso escuchó como una bala salía de ella. Un agujero se formó en la corteza de un árbol cercano. Éste parecía quejarse ante el impacto.
    –¡Por mucho que corras no podrás huir, muchacho! –grita el comandante.
    Los pies del chico no podía parar de correr, sabían que si no lo hacían ellas serían las primeras que iban a dejar de funcionar para el resto de su existencia. Por la boca y la nariz del joven le salía un humo fugaz parecido a lo que brota por las fosas nasales de los temibles dragones. La mochila que está a su espalda es apresada por una temible pantera, que oculta por la oscuridad de la noche le aborda de imprevisto. El muchacho logra quitársela de encima, pero abandonando su mochila. La pantera le muestra sus largos colmillos y cuando va a atacarle, escucha un ruido cerca de él. El animal mira a su espalda y se encara con el terrible cazador que apunta con su arma de fuego. El joven aprovecha la situación para intentar coger su mochila, pero el gatillo de un arma rompe el silencio de la noche. La pólvora de una bala ha bañado de negro su bolsa de tela, que ahora presenta un agujero diminuto pero profundo. La pantera se lanza sobre el comandante y ambos luchan por su supervivencia. El muchacho coge su mochila y empieza a correr.
    –¡Id tras él, inútiles! –les grita a sus soldados.
    Sus lacayos corren con paso firme tras el joven.
    El chico para en seco al toparse con un inmenso muro. Lo mira tenebroso y fascinado al ver que sí existe. El joven mira a su espalda y ve como cada vez están más cerca los soldados, que sonríen victoriosos a verle atrapado. Él ya había escuchado a otros hablar de este muro cargado de leyendas. Respira profundamente entre su dilema: si lo intenta atrapar su manto eléctrico acabará con su vida, pero si no lo hace, el comandante y sus perritos falderos acabaran con su vida de todas maneras. El chico traga saliva y corre hasta el muro. Acerca su mano asustadiza al muro y –nada más tocarlo– sus ojos se iluminan, atrapado por una corriente eléctrica que le hace desaparecer.

     

    http://www.hechosdesuenos.com/2017/02/el-muro-de-las-almas-parte-ii.html


  • 1 comentario:

    Con la tecnología de Blogger.