• El Muro de las Almas, Parte II

          Una luz electrizante se extiende a lo largo de una desconocida selva salvaje. Tras el paso de su furia, un joven de pelo oscuro y ojos asustadizos aparece como traído de la nada. Zeni cae sobre la tierra seca y anaranjada de este nuevo lugar al que ha ido a parar. Al levantarse, las piernas le temblaban tanto que en un pequeño descuido volvió a caer sobre sus pies. Al tocar sus manos por segunda vez la tierra sobre la que cayó, ésta se volvió de un color rojizo más intenso. Zeni se puso en pie enseguida. Asustado, tembloroso y observador, se preguntó varias veces que a dónde había ido a parar. Miró rápido hacia atrás y se quedó boquiabierto al descubrir que no estaba tras la muralla. “¿Dónde estoy?” Se volvió a preguntar. A su alrededor no parecía a ver nada, ni tan siquiera vida, salvo la de los bonitos árboles y la flora que le rodeaba, llena de un color salvaje que le daba un toque exótico. Pero no se escuchaban a los pájaros piar, a los monos saltar de rama a rama, a las panteras rugir… No se escuchaba nada. Existía un silencio aterrador. Zeni no sabía bien qué hacer. Estaba tan asustado que podía escuchar los latidos de su corazón resonando por varias partes de la inmensa selva. Al final, se armó de valor y dio unos pasos hacia adelante, sin perder en ningún momento lo que tenía a su espalda. Su boca soltó un “¡Guau!” cuando al pisar la tierra que tenía a sus pies, ésta marcaba su huella con un color blanquecino que tras unos segundos desaparecía sin más. Zeni estaba exhausto de tanto caminar. No estaba seguro de si había avanzado o había estado dando durante todo este tiempo vueltas en círculo constantemente. La selva era igual avanzara lo que avanzara. No había un árbol diferente, una hoja de otro color o un río que entorpeciese el paso. De pronto, sobre el cielo, un hilo de humo fantasmagórico se apreció. El muchacho emocionado al ver que no estaba solo en este mundo discordante, echó a correr. Corrió y corrió hasta que sus pies frenaron en seco. Una polvareda se extendió hasta sus ojos al parar tan bruscamente que hizo que el chico tapase sus ojos con uno de sus brazos. Al desvanecerse el polvo en suspensión, miró a su alrededor asustadizo de dónde se había metido. Un viejo chiflado con un gorro puntiagudo y con las manos llenas de un polvo blanco, daba saltos y cantaba alrededor de una gran hoguera. A un radio de dos metros había clavado unos palos con unas carabelas en ellos, formando un círculo perfecto cuyo centro ejercía la llamarada de la gran hoguera y, a su alrededor, él trotaba como un lunático.

    -Disculpe… -dijo, Zeni.
    Pero el hombre seguía con su ritual sin prestarle ningún tipo de atención.
    -¿Señor? –preguntó acercándose más a él.
    Aún así no consiguió ningún tipo de contestación, a pesar de su amabilidad.
    -¡Ey! ¡Puedes escucharme! –gritó.
    Fue entonces cuando el hombre dejó de zarandear el cuerpo. Miró hacia el joven y caminó hasta él.
    -¿Quién eres tú? –le preguntó extrañado.
    -No sé qué ha sucedido. Estaba intentando escapar de ese hombre que quería matarme, toqué la muralla y… -el extravagante señor le taponó la boca con uno de sus dedos.
    -¿Has tocado la muralla? –abrió mucho los ojos, interesado por la respuesta.
    -Ss… Sí –contestó él, dudando de si debía haber contestado.
    El hombre empezó a cantar de nuevo la misma canción de antes y a moverse de forma extraña, aunque esta vez se le notaba radiante de felicidad.
    -Ey, ¿qué sucede? ¿Vas a ayudarme? –Zeni se estaba poniendo nervioso.
    El hombre no le contestó porque seguía absorbido por su locura.
    -¡Eh, necesito ayuda! –gritó.
    Todo su alrededor quedó en un silencio oscuro y tenebroso. Esta vez ni las nubes eran capaces de respirar.
    Zeni miró a ambos lados al notar la inestable tranquilidad. El viejo chalado se le acercó hasta pararse frente a él.
    -¿De qué tienes tanto miedo, hijo? –le preguntó.
    -No sé qué hago aquí… -respondió respirando entrecortado.
    -Tú has elegido estar aquí.
    -¡No! ¡He caído en esta selva por casualidad! –dijo enfurecido a la vez que asustado.
    -¿Has tocado el muro de las almas?
    El muchacho arrugó la frente.
    -¿El muro… de las almas?
    -Sí –el hombre explotó en una carcajada lunática. De nuevo, volvió a saltar y a bailar compulsivamente.
    Zeni se acercó a él cabreado.
    -¡Me quiere hacer cas…!
    El hombre se viró y le volvió a tapar la boca con su dedo, dejándole sin pronunciar más palabras.
    -Shhh, no escuchas amigo. Tal vez debas ser tú el que deberías hacer caso a ellas –comentó engrandeciendo mucho los ojos.
    -¿A ellas? –cuestionó confuso-. ¿A quiénes?
    -A las almas…
    El lunático le miró fijamente y levantó un brazo, acercó su mano a la cara del joven y chasqueó los dedos. Un aire turbulento empezó a soplar, la tierra revoloteó por el aire y Zeni cerró los ojos y se tapó la cara con sus manos. Un sonido muy fuerte se escuchó de la nada.
    -¡Para ya! –exclamó agobiado.
    Todo se quedó en silencio, aunque retumbaba un tenebroso seseo.
    Zeni bajó sus manos, abrió los ojos y le empezaron a temblar los labios. Frente a él tenía a una bestia de ojos amarillos, de piel oscura como la soledad y con un corazón lleno de coraje. Al rugir enseñó sus afilados colmillos blancos. El temblor de sus bigotes delataba al furioso felino que llevaba dentro. Tras unos segundos, el joven echó a correr perseguido por el animal.
    -No huyas Zeni –le dijo una voz que flotaba en el aire.
    Zeni miró a ambos lados confuso ante lo que acababa de escuchar sin frenar sus pies. Tras él, veloz y soltando un rugido descomunal, le seguía el monstruo endemoniado por la oscuridad.
    -No huyas, Zeni... Enfréntate a tus miedos –se volvió a escuchar esa voz.
    El joven siguió corriendo sin hacerle caso.
    -Así nunca conseguirás ser fuerte, Zeni –continuaba en su alegato la misteriosa voz.
    El muchacho llegó hasta un pequeño precipicio donde le esperaba un mar de serpientes. Asustado se volteó para ver a cuanta distancia estaba la bestia que le perseguía y se llevó una feroz impresión a verlo a unos pocos centímetros. Tal fue su estremecimiento que dio un paso atrás y cayó por el precipicio.

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